AMIGOS DE LARGA DISTANCIA

Cuando llegué a vivir a la Ciudad de México para estudiar la universidad comprendí el efecto que tienen las distancias una tarde de embotellamiento cuando el tiempo que invertí para ir y volver de la escuela fue el mismo que hubiera gastado en viajar a Guanajuato. Me asusté de mi cálculo porque soy provinciana.

En el metro en las mañanas me asombraba ver a mujeres con tubos, a hombres rasurándose, conscientes del blindaje que les da el anonimato, y cada vez que yo me descubría cabeceando en mi asiento forcejeaba contra mi sueño para no quedar dormida rodeada de extraños.

Una mañana muy temprano mientras caminaba por mi casa vi un automóvil estacionado y entre el vaho de los vidrios empañados descubrí a una familia inerte: el niño con el uniforme puesto, los padres trajeados de oficinistas. No sabía si tocar el vidrio: los imaginé asfixiados por su dióxido de carbono o en un ritual de suicidio colectivo. Instantes después entendí que sólo dormían, que venían de muy lejos y preferían ganar sueño cerca de la escuela del hijo a someterse al tráfico cruel.

La ciudad entonces me parecía un monstruo que deshumaniza. Sobre todo me asusté del efecto de las distancias en las relaciones humanas cuando un compañero me contó que veía a su mejor amigo una vez al mes, y planificaba las visitas a su novia cada quincena, porque viven al otro extremo de la ciudad: se le dificultaba cruzarla.

Yo no comprendía una vida lejos de los amigos. Carece de códigos para entenderlo alguien que, como yo, desde los 12 años y hasta terminar la prepa me encontré cada día con mis amigas, quienes además eran vecinas, y con ellas pasaba la tarde. Algunas noches subíamos al techo de la casa de mis padres a mirar las estrellas mientras cada una trazaba en voz alta sus sueños.

En mis tiempos de universitaria en la Ciudad de México quise fabricar ese calor de fogata recogiendo a lo largo del congestionado Periférico a compañeros de clase para llevarlos en mi auto a la escuela. Esa hora compartida de tráfico me sabía al espacio íntimo en el que se acaba la charla mecánica y se entra al diálogo espontáneo al que se asoman recuerdos, añoranzas, sueños, chistes y tonterías.

Pero la ciudad hizo su efecto en mí. Con los años me acostumbré a las distancias físicas y permití las emocionales: dejé de escribir a mi gente aquellas largas cartas en las que cronicaba mis días y las llamadas a casa pasaron a ser una vez por semana.

No sólo vivo en una de las ciudades más grandes del planeta, lejos de donde me crié, también llevo una vida itinerante. Un día estoy en un foro en Noruega, al siguiente reporteo en Iguala, al otro sigo una pista en Guatemala.

No sé si me condené a ser una correcaminos aquellos años en que salí corriendo a la calle con una maleta para lanzar un deseo el primer minuto del Año Nuevo, o por haber soñado tanto en ser corresponsal de guerra, o porque crecí leyendo revistas de misioneros.

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Mi única certeza es que compaginar el alma viajera y conservar querencias es una complicada tarea de equilibristas que dura toda la vida. Por eso, aunque muchas veces de la agenda salen amigos que no sobrevivimos al ritmo de vida y a la lejanía, siempre agradezco a la vida, me sorprendo, conmuevo y emociono cuando los amigos de quienes me perdí sus bodas o cumpleaños me reciben con el mismo cariño con el que nos vimos la última vez o me buscan para llorar juntos (aunque sea por Skype). Porque algo hicimos bien que superamos distancias.

Vivo un milagro cada vez que regreso a la ciudad de la que salí para ir a la universidad, y retomo la charla con las primas, las tías, los hermanos, las amigas, y siento como si la plática se hubiera quedado en pausa, como si nadie se hubiera ido, las querencias intactas.

A contracorriente de la idea de la vida moderna que achatarra vínculos afectivos también aparecen atajos para acortar distancias. El Facebook, por ejemplo, trae constantemente a mi playa a amigos que habían salido de mi radar y pensaba imposible reencontrar. A veces son tantos, por tantas vidas que he vivido, que me preocupa tener que decidir qué amistad quiero cultivar. A veces un “MeGusta” lo convierto en mimo que sugiere: “Aquí estoy”.

El whatsapp aunque irrumpe de manera impetuosa en mi vida y me abruma con su conversación sin descanso, vale la pena los domingos cuando aparecen en la pantalla fotos de mis sobrinos reunidos en paisajes conocidos, a las que sigue una escueta reseña que se siente como abrazo de bienvenida para quienes vivimos lejos.

Me reconcilio con la tecnología cuando mis amigas y yo acompañamos (en un diálogo desde Barcelona, Tijuana, Dallas, Nevada, Chihuahua y DF) las incertidumbres amorosas o complicaciones en la vida de alguna de nosotras, como cuando filosofábamos viendo las estrellas.

Mi trashumancia me inscribió también a la tribu de quienes compartimos la vida nómada del periodista: de quienes hicimos de la vida un viaje sea para cubrir noticias, dar o recibir talleres o asistir a foros donde discutimos nuestra profesión.

Nuestros encuentros son días de fiesta en los que tengo la sensación de haberme reencontrado al amigo imaginario del kínder a quien tenía perdido. Son momentos de compartirnos ideas de libros, trozos de vida, problemas laborales, técnicas de trabajo, sustos que vivimos o de masticar la nostalgia por no estar ahora mismo con la familia. Son también noches de rumba o de fatiga extrema por la intensa cobertura o de varios en la misma habitación porque no alcanzaron los hoteles o alguno no lleva viáticos.

Esos días algunas nos descubrimos almas gemelas y se ensanchan las patrias afectivas hasta sitios como Barcelona, Buenos Aires o Medellín.

Los periodistas nómadas nos escribimos poco entre nosotros y casi siempre pidiendo ayuda: “Mándame esto, contáctame a este, qué piensas de tal texto”. Por internet monitoreamos los proyectos que cada uno emprende y conocemos por foto a nuestras familias.

Siempre nos despedimos con esa incógnita de cuándo volveremos a encontrarnos –dependemos de que nos inviten a un congreso, si coincidimos en una cobertura, si la casualidad nos lleva al mismo punto del planeta-, pero con la seguridad de que la amistad sobrepasa las distancias físicas. De que nuestros cercanos afectos están a salvo de la vida moderna o sobreviven gracias a ella.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.