Tres síntomas, una enfermedad

En las últimas semanas hemos estado muy al pendiente del vecino del norte. Sin duda, vivimos en una era en la cual los encabezados de prensa se leen con incredulidad, miedo y tristeza. El cargo de la “persona más poderosa del mundo” ha sido ocupado por ideologías adversas a la solidaridad, justicia, igualdad y aceptación de la diversidad. Sazonando esta nefasta combinación, tendríamos que agregar la personalidad histriónica y caprichosa que nos remite más a nuestro pequeño primo malcriado que a quien despacha en la oficina oval.

En suma, tenemos motivos suficientes para tener un ojo en Estados Unidos y lo que ahí acontece. Sin embargo, es importante que no perdamos de vista a nuestro país. Simplemente, en los últimos días han ocupado el ojo mediático tres eventos que vale la pena repasar. Hechos que podrían parecer desconectados, pero que muestran un mismo padecimiento nacional y, por lo tanto, una profunda necesidad de cambio.

Primero, esta semana los medios consignaron las terribles condiciones en las que se trabaja en México. Las luchas para conseguir mejores condiciones laborales han tenido una especial atención. Debemos recordar que el Inegi indica que, de 52 millones de personas que se encuentran ocupadas en el país, 49% perciben menos de cinco mil pesos mensuales, muchas de ellas sin las prestaciones plenas de ley. Sumado a esto, sólo 3 millones de personas tienen remuneraciones de cinco salarios mínimos, algo así como 12 mil pesos. Cifras tristes en un país desigual, sin duda.

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La segunda postal de la semana ha sido la solicitud de perdón por parte del Estado mexicano a tres mujeres indígenas, a las cuales mantuvo cautivas durante tres años y ocho meses por supuestos delitos que no cometieron. A la disculpa pública de las autoridades, ellas respondieron: “La vida y la libertad no se venden, no se negocian y no tienen precio”.

Finalmente, el foco mediático también lo tuvo el exdirector de Pemex, quien gastó solamente en un año, en promedio, 174 mil pesos diarios en transporte aéreo. Hablo de Emilio Lozoya, a quien la Auditoría Superior de la Federación le detectó 62 millones de pesos de la empresa paraestatal utilizados para mover en aeronaves privadas a su entonces director.

Estos tres síntomas, a pesar de suceder en latitudes e instituciones distintas, están íntimamente relacionados. Nos hablan lejanía y falta de vocación por parte de la clase política. Nos muestra un país fracturado, lleno de dificultades e incluso excesos del gobierno con sus personas más necesitadas y complaciente frente a quien más tiene. El desprecio de lo público y la justicia como ideología, el patrimonialismo como objetivo y el despojo de la dignidad y futuro como método.

El primer paso para salir de esta enfermedad sistémica es reconocer que México vive en estas circunstancias. Para, posteriormente recuperar la política, decir no a estas ideologías y métodos y, finalmente, asumir como propio el reto de construir redes que le hagan frente a estas circunstancias.