La letra con sangre no entra

El conflicto magisterial se ha desbordado en todo el país. El movimiento social ha logrado atraer la atención en sus demandas y ha dejado en evidencia la incapacidad del gobierno federal para resolver los conflictos sociales de manera pacífica. Esto acarrea una polarización importante en la población sobre la percepción del magisterio. Los elementos históricos, sociales y los medios de comunicación han jugado un papel fundamental en este encono. Hay quienes hoy ven al movimiento social como rijosos armados con piedras que quieren la permanencia de sus privilegios, pero también hay quienes creemos que sus demandas son justas y que son reflejo de una crisis más grande en el sistema educativo y laboral en nuestro país.

Antes de continuar esta columna, debo aclarar que no sostengo que la CNTE sea un sindicato modelo que impulse la transparencia y la rendición de cuentas. No creo que los privilegios indebidos para algunos dirigentes hayan desaparecido y tampoco apruebo que obligue a sus agremiados con pases de lista a participar en las actividades que la dirigencia defina. Al contrario, estas mismas prácticas las he denunciado en los partidos políticos de nuestro país y creo que deben señalarse, por congruencia, en cualquier espacio que estos se encuentren, pues la lucha debe ser para lograr sindicatos y partidos al servicio popular y no de sus cúpulas, de sus cuates y sus mañas.

¿Entonces dónde estoy parado? Creo que se puede estar a favor del movimiento sin solapar las malas prácticas en las que algunos de sus dirigentes han caído en el pasado. Considero que las demandas de las y los profesores son, en su mayoría, justas. También estoy a favor de una verdadera Reforma Educativa y a favor del diálogo como herramienta que soluciona conflictos, que evita la cerrazón gubernamental (que ya nos ha costado ocho vidas) y la criminalización mediática.

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Creo que debemos escuchar los argumentos del magisterio y las bases de la sociedad que demandan una Reforma Educativa basada en contenidos y metodologías y no en inestabilidad laboral. Lo que el movimiento ha señalado desde el principio es cierto: la llamada “Reforma Educativa” no ha cambiado la manera que se enseña en este país, no hace propuestas sobre la cobertura, tampoco ha repensado las materias en búsqueda de estudiantes críticos de su realidad, no ha generado una reflexión sobre el gasto público en educación ni tampoco en ajustar condiciones de aprendizajes dignas.

No, la reforma ha sido eminentemente laboral: impulsa un sistema de evaluación deficiente basado en un examen de conocimientos, no en el desempeño en el aula o en el de sus estudiantes, lo que abre la puerta a estudiar para lograr el puntaje requerido en el examen pero no necesariamente a hacer un buen trabajo en el aula.

Sin lugar a dudas el docente es importantísimo en el sistema educativo, pero no podemos culparle del retraso que viven las comunidades más pobres del país, de los deficientes contenidos en materias como matemáticas o español y menos aún podemos señalarles como los responsables del trabajo que no hacen las dependencias gubernamentales con una perspectiva que trascienda su administración.

Un par de meses atrás compartí el asiento del camión con una profesora de preescolar. Me dijo que estaba contenta porque acababa de hacer la evaluación docente y le había ido muy bien, quedando dentro de los primeros lugares del estado. Este desempeño ejemplar le permitió elegir el centro educativo cercano a su casa. Compartí su emoción por un momento hasta que le pregunté “Entendiendo que quienes tienen las mejores calificaciones eligen en donde trabajar ¿cuáles son las escuelas más demandadas por los docentes?” Ella señaló que la Zona Metropolitana de Guadalajara. Muy pocas personas estaban dispuestas a ir a las zonas rurales con mayores índices de rezago.

Una verdadera Reforma Educativa pondría como prioridad aquellas comunidades con retos. Una verdadera Reforma Educativa tomaría en cuenta a todas las partes, impulsaría abatir las desigualdades, desarrollar capacidades críticas del alumnado y defender la responsabilidad del estado por impulsar educación pública, gratuita, laica y obligatoria. Una verdadera Reforma Educativa entendería lo que hace muchos años quedó claro en el terreno de la pedagogía, que la letra con sangre no entra.