El PRI, atrapado sin salida

Enrique Ochoa –recién designado presidente del PRI– se puso de pie y en medio de un auditorio de académicos, estudiantes y empresarios mexicoamericanos extrajo de sus pertenencias un recibo de Teléfonos de México, lo sacudió en el aire y encaró a Carlos Slim.

Era el inicio de la década de los 2000. Slim había terminado de pronunciar un discurso en uno de esos foros que todo el tiempo tienen lugar en Manhattan, y en la sesión de preguntas, con la factura de Telmex en la mano, Ochoa, un joven estudiante de la Universidad de Columbia, le reclamó que contrario a lo que se había prometido, el costo del servicio telefónico en México no hubiera descendido y dejará mucho que desear si se le comparaba con otras partes del mundo.

Ochoa era conocido en el ámbito de los mexicanos que residían en Nueva York por su militancia priísta, una convicción que hacía notar con orgullo y a veces de manera tan chocante que con frecuencia provocaba que otros estudiantes de Columbia, la Universidad de Nueva York y The New School le sacaran la vuelta y  se apartaran de él.

Eran los tiempos del foxismo y algunos priistas como Ochoa se inauguraban en el mundo de la oposición y en el ejercicio de la crítica sobre los asuntos del país.

Este episodio ocurrido hace 16 años cobra vigencia frente a un doble enigma: el representado por Ochoa, un absoluto desconocido en el partido fundado por Calles, y el que encierra las razones que llevaron al presidente Peña a hacer de su nombramiento una imposición tan autoritaria como hacía tiempo no se veía en el PRI, un partido habituado a aceptar sin replicar la línea de su jefe máximo.

¿Quién es Ochoa?

Debe ser la pregunta que más se han hecho en estos días no sólo la militancia y los líderes más influyentes y visibles del partido, sino los dirigentes de oposición que lo tendrán como adversario en los próximos dos años, un periodo que será clave en la definición del nuevo huésped de los Pinos en 2018.

La anécdota de Nueva York puede llevarnos a pensar que Ochoa es un hombre con carácter: no cualquiera se planta ante Slim, que entonces no era el millonario de hoy, pero era un empresario destacado, un hombre del sistema.

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Pero el hombre es la creatura de las circunstancias, dijo Robert Owen, socialista utópico, padre del cooperativismo, un pensamiento que lleva a preguntarse:  ¿Ochoa es él y su circunstancia? ¿O puede ser –y hacer– de manera independiente a las circunstancias que lo rodean?

Si Ochoa mintió al decir que no era priista cuando aspiraba a ser consejero electoral y que existan dudas sobre la legitimidad de la credencial que presentó para acreditar su militancia, son anécdotas inocuas comparadas con otros hechos a los que está y estará vinculado estrechamente en su paso por el PRI.

¿Forma es fondo? No siempre. No tiene importancia para el resto de la sociedad, por ejemplo, que en su discurso de registro como candidato a presidir el PRI, Ochoa haya mostrado que carece de lo que en política se llama tener calle: parecer natural y cercano a la gente, y no forzado e impostado como se le vio al levantar la voz y sacudir una carpeta en el aire para construir un discurso lleno de frases comunes y vacías de significado: “otros nos quieren ver decaídos pero el partido está de pie”, dijo, por ejemplo. Y también: “Otros quieren que no contrastamos ni debatamos, pero les vamos a debatir y les vamos a contrastar”.

Entre todo lo que Ochoa ha dicho en estos días ¿qué tiene importancia para el país y la sociedad?

Para mí se resume en una frase: el presidente del PRI pidió a la ciudadanía denunciar la corrupción de los gobiernos emanados del priismo y exigir su fiscalización, e incluso su destitución.

Si Ochoa, el presidente Peña y el priismo están de acuerdo con esto ¿qué esperan entonces para iniciar una demanda de juicio político contra –por lo menos– el gobernador Javier Duarte, que ha hundido a Veracruz en una situación inédita de corrupción, violencia e impunidad? Pruebas, dirá la retórica priista y entonces no hará falta más que voltear a la Auditoría Superior de la Federación y comprobar todas las irregularidades cometidas por Duarte en el manejo de 18 mil millones de pesos de dinero federal.

Pero eso no sucederá. Ochoa no fue impuesto por el presidente Peña para destituir gobernadores priistas ni para combatir la corrupción que corroe a los gobiernos emanados del PRI, incluido el Gobierno Federal. ¿Quién fue uno de los más efusivos asistentes a la toma de protesta de Ochoa? Emilio Lozoya, destituido por Peña –que no suele hacer cambios en su equipo– de la dirección de Pemex en medio de los más graves indicios de corrupción en años recientes.

¿Cuáles fueron las razones que llevaron a Peña a nombrar a Ochoa presidente del PRI?

Inexperto, sin cargos ni experiencia política, nadie encuentra una explicación razonable.

Ochoa es un burócrata sin pasado partidista y a menos que suceda algo increíble y emerja como el líder que el PRI espera hace décadas, lo que puede esperarse del estudiante que un día encaró a Slim es que administre el peor derrumbe del PRI en los últimos 20 años.