Robo chiquito

El jueves 18 de agosto, tras una hora de viaje y de hacer fila una más, por fin estacioné mi auto en una de las celdas del centro de verificación de la Hacienda de Temixco, en Naucalpan, Estado de México. El técnico subió al asiento del piloto, conectó un cable a una entrada debajo del volante y se situó detrás de una computadora. Volteó hacia donde me encontraba de pie a unos dos metros y me llamó para darme la mala noticia.

“Hay un problema: la computadora reporta que el convertidor catalítico no funciona”, dijo mostrándome el monitor que reportaba la falla en uno de los cinco sistemas de mi Suzuki 2009.

En un triz, sin importar el viaje, las dos horas de tiempo perdido y el dinero que invertí en afinarlo, mi auto fue rechazado. No entendía qué estaba pasando. Llamé a Camilo González, el mecánico que se hace cargo de mi auto hace tres años, y me explicó que quizá todo era consecuencia del nuevo sistema de verificación ambiental aprobado en el Valle de México, el Sistema de Diagnóstico a Bordo (OBD2) instalado en la computadora del vehículo que controla los componentes relacionados con las emisiones contaminantes, una herramienta que leí más tarde en El Universal, estaba provocando que miles de autos, incluso nuevos, reprobaran la prueba ambiental.

Salí sintiéndome molesto y confundido. ¿Por qué mi auto había sido reprobado si cuatro días antes le había hecho la afinación mayor, limpiado los inyectores en un laboratorio y de acuerdo con Camilo no le dolía ni una bujía?

Esa tarde llevé el auto a la agencia Suzuki en la colonia del Valle. Les informé del rechazo y de la solicitud del verificentro para que supervisaran que el sistema OBD2 estuviera trabajando y que revisaran el convertidor catalítico, porque estaba fallando.

Al día siguiente me llamó José Antonio Mendoza para decirme que el auto estaba listo. “No tiene nada, funciona perfectamente y seguramente es un error del centro de verificación”, me dijo.

El lunes siguiente llevé el auto al mismo centro. En la línea conversé con una señora propietaria de una camioneta también rechazada y el dueño de un auto similar al mío que había corrido la misma suerte. Me dijeron que si sus vehículos no pasaban la verificación, pagarían una mordida en un lugar cercano que les había ofrecido el brinco, la trampa que permite alterar la lectura de la computadora para que pasen la prueba. Me juraron que nunca lo habían hecho, pero que no tenían más remedio: mecánicamente sus coches estaban perfectos, pero el nuevo sistema no los reconocía o los maltrataba con diagnósticos terribles que luego eran descartados en las agencias.

Una hora y quince minutos después por fin llegué a la celda de verificación. Un técnico distinto conectó la computadora al enchufe debajo del volante y conmigo al lado revisó el monitor, que arrojó una leyenda negra: “conexión no exitosa”.

En ese momento me imaginé al lado de mis vecinos de módulo, acompañándolos a un centro para dar una mordida para que mi Suzuki pasara la prueba. ¿Qué estaba fallando si el hombre de la agencia me dijo que todo estaba correcto? Jamás he pagado una mordida para verificar y no quería hacerlo, de modo que pedí al empleado que lo volviera a intentar. La leyenda aguafiestas reapareció. “La tercera es la vencida”, dije. El técnico volvió a probar y esta vez la computadora dijo que todos los sistemas estaban conectados.

Diez minutos después mi auto salió de la celda y un rato más tarde, cuando otro empleado pegaba en la ventana trasera el holograma cero que me permite  circular todos los días, le conté lo que había pasado.

“Se ha vuelto normal –dijo con una mueca que parecía una disculpa– que muchísimos vehículos no hagan conexión con el sistema y que sean rechazados”.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE WILBERT TORRE: MEDALLA DE PLATA Y UN PLATO DE FRIJOLES

En los verificentros de la zona urbana tienen lugar historias mecánicas con significados más trascendentes. La incorporación del sistema OBD2 responde a una de esas decisiones fáciles, en apariencia deseables, pero claramente injustas y erráticas de la autoridad. ¿Por qué el gobierno de la Ciudad de México y las autoridades del valle de México autorizaron un sistema que no funciona correctamente o que no es compatible con todos los vehículos?

Hace un tiempo el presidente Peña declaró, quizá desde el inconsciente, que la corrupción en México era cultural y, al paso de los meses, conocimos de su implicación en dos hechos de dudosa reputación: la Casa Blanca de las Lomas y una tesis con citas plagiadas de autores. Concebir la corrupción como cultural equivale a pensar que así como devoramos enchiladas, de manera natural los mexicanos estamos preparados para disparar sobornos. No siempre es así: con frecuencia son las decisiones erráticas e injustas de las autoridades las que detonan el fuego de la corrupción. En México, ser un ciudadano honesto, un buen ciudadano, es la aventura más parecida a caminar en una cuerda floja a 20 metros de altura, de la que no te caes porque te sujetas de las trampas y los artilugios cuya raíz comienza en las instituciones.

Es probable que el nuevo sistema de verificación no mejorará el medio ambiente y servirá como un nuevo instrumento para trampear, corromper y sobornar. El brinco sostenido ahora por una computadora es la metáfora de una sociedad que ha hecho de la trampa un deporte nacional. Un país en el que muchos ven con normalidad la tesis plagiada de un presidente, porque estamos acostumbrados al brinco, a la chapucería y al robo chiquito.