Gracias a La vaga ambición, el cuentista y novelista jalisciense, Antonio Ortuño, se convirtió en el segundo mexicano galardonado con el Premio Ribera del Duero.

Hace una década, la novela Recursos humanos fue finalista al Premio Herralde. Se trataba del segundo libro de un escritor que, prácticamente, había debutado y cuyo reconocimiento empezaría a crecer de manera paulatina, pero no lenta. Tres años después, su nombre fue incluido en la selección de los mejores 22 escritores jóvenes en español de la prestigiosa revista británica Granta. Desde entonces, con cada nuevo título ha recibido el aplauso de la crítica.

En abril de este año, su nuevo libro fue galardonado con el Ribera del Duero en su quinta edición. En él, Antonio Ortuño reafirma su original estilo y la influencia de sus maestros: Vian, Fonseca e Ibargüengoitia.

¿Cómo describirías La vaga ambición?
Se trata de una colección de relatos escritos bajo una idea orgánica y relacionados por un personaje, Arturo Murray, mi narrador, un escritor cuarentón de mediano éxito, a quien no le ha ido ni muy bien ni muy mal, y se va defendiendo como puede de la vida literaria.

Los cuentos se desarrollan a lo largo de diferentes momentos de su trayectoria —por lo general, patéticos y grotescos, como suele suceder en nuestro medio— remontándonos incluso a sus traumas infantiles y a su formación como escritor, para crear esta mística que lo caracterizará y en la que la literatura se convertirá en una especie de medio de defensa personal, un arte bélico, para navegar en el mundo.

Aunque el conjunto de relatos tiene muchos elementos satíricos de la vida literaria y del medio, creo que va mucho más allá de ello: está mucho más relacionado con la tragedia y lo emotivo; con la capacidad enorme de la literatura para saltar entre registros diferentes.

 

¿Qué tanto hay de autobiográfico en él?
Desde luego, Murray es un alter ego paródico. Es difícil tejer un velo más transparente, pero eso no significa que sea un libro confesional o que todo lo que le sucede a Murray me haya pasado a mí. Mi intención fue que los cuentos retuvieran la vitalidad que la experiencia le brinda a la literatura. Algunos de los hechos descritos me sucedieron, mientras que otros los inventé o fueron tomados de anécdotas que le han pasado a conocidos y amigos.

Nunca quise hacer un ejercicio de autoficción —la autoficción de la que se habla actualmente en los medios parece muy tediosa—. Mi objetivo fue escribir narraciones eficientes, en el sentido literario, que conservaran lo más posible la vitalidad de la experiencia.

Hay una sensación de fracaso en cada uno de los relatos que integran el libro…
La literatura es una profesión de frustraciones. Uno nunca está conforme, y esa es la razón por la que se sigue escribiendo; peleando con el lenguaje e intentando acercarse cada vez más a lo que se tiene en mente.

Tal vez en la juventud se puede lograr bastante, pero después hay que ir paso a paso; aunque otra lectura sería la del objetivo moviéndose gracias a metas más difíciles y con una ambición mayor: el horizonte se va desplazando a medida en que uno se acerca, aunque tengo la impresión de que tal vez nunca se llega a ese horizonte.

El ambiente literario que se aborda en muchos momentos de La vaga ambición corresponde a una vida mezquina y, en ocasiones, risible y trágica. Es una vida en la que muy poca gente encuentra verdadera plenitud o algo que se le parezca, y podría afirmar que la mayoría de las personas inmersas en el medio literario están frustradas en mayor o menor medida.

¿Esta frustración tiene que ver con el contraste entre el escritor de vida pública y aquel que escribe?
Hay una gran diferencia entre escribir y querer ser escritor. Para mucha gente, lo segundo significa estar en los cocteles, tomarse fotos solidarias en las marchas y que otros lo reconozcan como una figura pública, una voz o un adalid moral (aunque su obra sea deficiente). Esto no quiere decir que el escritor no deba tener ideas o actividades políticas y sociales, aunque, por supuesto, la escritura no tiene un correlato lineal con Facebook, Instagram o las columnas de los periódicos.

La literatura sucede en algún otro lugar; es una especie de enigma y uno lo va tratando de resolver. Me parece ridícula, por ejemplo, la gente que cree que no puede retuitear un meme porque estaría cometiendo una falta a la seriedad. El escritor lo es en sus libros, no cuando va a comprar crema.

Sin embargo, es importante destacar algo fundamental en el contraste que mencionas: hay muchos imbéciles que nunca han hecho vida pública, así como muchos escritores con vida pública que han sido geniales.

La escritura es una de las cosas que más disfruto en la vida, pero no para ser entrevistado o soltar netas en Twitter: la escritura me interesa por sí misma y me nutre enterarme de la reacción más visceral que pueda tener la gente al leerme.

Si quieres leer un avance de La vaga ambición, da click aquí.

Diez imperdibles, Antonio Ortuño recomienda sus libros favoritos:

El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov
El lobo-hombre, de Boris Vian
Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia
Kalpa imperial, de Angélica Gorodischer
Trabajos del reino, de Yuri Herrera
Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor
No manden flores, de Martín Solares
La visita al maestro, de Philip Roth
Extraños en un tren, de Patricia Highsmith
La tierra baldía, de T.S. Eliot

(Fotos: Lulú Urdapilleta)