Foto: Cuartoscuro

Insurgentes 300: un edificio embrujado en la roma

Ciudad

Con cada sismo fuertesón, renacen los rumores sobre el inminente derrumbe de Insurgentes 300, esa mole arquitectónica que se levanta sobre avenida Insurgentes en su cruce con Medellín.

Se dice que los cimientos se dañaron después del 85, pero hay versiones que aseguran que es solo un pretexto para tirarlo y construir algo más redituable en vista de que la plusvalía de la zona está fuera de control. Entre los inquilinos, los propietarios en eterna discordia y las fuerzas sobrenaturales que cualquier susceptible jura que habitan cada uno de los pisos, el inmueble se mantiene en pie. Jodidón, pero en pie.

Para los millennials ya no tiene sentido el apodo que aún se usa entre los mayores de 30: “El edificio de la Canadá”, por las enormes letras luminosas que cubrieron verticalmente la fachada hasta mediados de los dosmiles, y que anunciaban la marca de zapatos mexicanos más emblemática de la era previa al Tratado de Libre Comercio. El desmantelamiento de este anuncio marcó un antes y un después en la zona: el artista Ramiro Chaves las exhibió en el Museo Carrillo Gil, en plena ebullición gentrificadora del barrio.

Yéndonos más para atrás, hay que decir que el condominio se inauguró en 1958. En su momento fue muy motherno, como dirían las mamás, con más de 400 despachos. Poco a poco se fue viniendo abajo, además de que la tragedia lo asedió: se quemó un piso; en 1995 fue asesinado el magistrado Abraham Polo Uscanga en medio de terribles tensiones políticas; se empezó a rumorar que era un nido de narcomenudeo; los condóminos siempre se estaban peleando. Como para rematar, en la planta baja estuvieron los after de mala (¡malísima!) muerte más legendarios de la ciudad: El Jacalito y El Burburock, escenarios de terribles pedas que terminaban al amanecer.

Entrar no es fácil. Luego luego te ven la cara de explorador urbano y al vigilante no le parece. Hay que aplicar la de que vas con alguien en específico o ser de esas personas muy seguras de sí mismas. Una vez dentro, te sientes en una película post- apocalíptica, con despachos abandonados pero atrapados en el tiempo, objetos misteriosos y humanos ariscos que rondan los pasillos. Por lo menos hay que intentarlo, porque no sabemos por cuánto tiempo nos dure este maravilloso edificio del terror.

 

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