Los habitantes del… Mercado El Chorrito

Abrió sus puertas en 1955 y, desde entonces, generaciones de chilangos lo han convertido no sólo en su sustento económico, sino en toda una forma de vida

Detrás de este mercado de la colonia San Miguel Chapultepec no sólo hay decenas de puestos de comida que despiertan el paladar de los Godínez de la zona, verduras y frutas apiladas por colores, carnicerías que asustarían a más de un vegano y hasta una botonería con múltiples versiones de este artículo -cuidadosamente guardados en frascos de Gerber-. Las historias que se cuentan en este lugar nos remontan a la época de las vecindades y de cuando ir al mercado no sólo era para comprar el mandado, sino para platicar con el marchante, ‘chulearle’ la hija a la vecina y ponerse al día en los últimos chismes de la colonia.

Algunos locatarios de El Chorrito recuerdan cómo fue que llegaron a este legendario mercado, cuyo nombre no tiene nada que ver con la canción de Cri Cri, pues –cuentan- se debe a que en épocas lejanas la falta de agua obligaba a los vecinos a romper las tuberías para abastecerse, precisamente, de un chorrito.

Te contamos un poco de este lugar a través de las historias de quienes han pasado gran parte de su vida como comerciantes.

Leobardo Romo

“Para tortas las del Chin”, reza un letrero con publicidad de Coca Cola en lo alto de este local, aunque destaca más el menú oxidado que está justo encima y que por su apariencia- suponemos- lleva varios años ahí colgado.

Esta tortería la atiende Leobardo, un jalisciense que llegó hace 40 años con su familia a este mercado, primero como trabajadores en las tiendas que inundaban El Chorrito en aquella época, posteriormente, tuvieron su propio local, recuerda.

Pero fue años más tarde cuando él y sus hermanos se especializaron el en “giro de la garnacha”. “Uno de mis hermanos vende barbacoa”, dice el locatario mientras señala con el dedo hacia la entrada del mercado, “otros quesadillas, tacos, tortas, gorditas”, apunta con la mirada en diferentes direcciones.

Considera que no tiene una torta de especialidad, pero presume que la más vendida es la Texana, una combinación que lleva salchicha, milanesa y queso Oaxaca.

Le ha tocado ver distintas etapas del mercado y con nostalgia recuerda que en los 80s las ventas “bajaron mucho”, hasta que hubo una restructuración. A pesar de las altas y bajas en el negocio, para Leobaldo el mercado lo es todo: “Es mi forma de vida, alguna vez he salido de aquí a trabajar en otras cosas pero siempre regreso porque aquí están las raíces de todos”.

Estela Ramírez

El cabello platinado de doña Estela y el aspecto antiguo de este local hace pensar a cualquiera que este negocio tiene mucha historia que contar, y no, no estamos equivocados.

Abrió hace 38 años, empezó vendiendo huaraches, “sin saber nada”, dice la propietaria, quien ahora ya es toda una experta en este platillo. Su visión de emprendedora la llevo hasta este lugar, le bastó con darle un vistazo a los negocios que ya existían en la época y, de inmediato, tomó la iniciativa de abrir su propio local.

“Uno aprende como sea y si no me salían pues buscaba la forma”, cuenta orgullosa.

Estela habla de los años ‘mozos’ del mercado, cuando los clientes inundaban el lugar con un bullicio permanente: “Aquí estaba lleno de clientes, eran muchísimos, había veces que aturdían de tantas voces y tanto que pedían; en las carnicerías se escuchaba todo el tiempo el sonido de cómo aplanaban la carne ‘tac, tac, tac’, pero eso era antes”.

Juan José Cervantes

Grandes trozos de carne apilados en vitrinas saltan a la vista, no sólo pos su brillante color, sino por olor un tanto desagradable que se percibe cuando caminas por el pasillo.

Una de estas carnicerías es atendida por Juan José, quien no para de aplanar bistecs en una especie de tronco, diseñado específicamente para esta función. Sin dejar en ningún momento de atender a las amas de casa que lo visitan para llevar la proteína hasta la mesa de sus casas, este locatario cuenta que comenzó como ayudante de su cuñado, quien vendía viseras en el mercado y que años más tarde tuvo la oportunidad de comprar este negocio.

“Aquí la zona antes era muy popular, había muchas vecindades, actualmente han desaparecido y sí ha disminuido un poco la venta”, reconoce un aire de desanimo.

Sin embargo no le teme a las grandes cadenas de autoservicio y mucho menos las considera competencia: “Fíjese que aquí sí viene la gente y tenemos mucha ventaja sobre esas tiendas comerciales porque tenemos la verdura y la carne fresca. Si usted compara, las carnes están congeladas, las verduras no están maduras, en vez de comprar aguacate parece que son piedras”, platica, mientras una ligera sonrisa se escapa de su rostro.

(Fotos: Karen Andrade)

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Periodista egresada de la UNAM. Edito, escribo y cuento historias de la Ciudad de México. En mi tiempo libre me convierto en ciclista y fotógrafa de ocasión.