Los habitantes del… Minichelista

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Minichelista es la prueba de que para tener un lugar con estilo no se necesita de mucho dinero, simplemente hay que usar la imaginación y uno de que otro desecho porque lo que para ti es basura, para los habitantes de este peculiar lugar puede ser una obra de arte. 

Esta cafetería está ubicada en una vieja casona de la colonia Nueva Santa María y basta con que pongas un pie dentro para que te envuelvas con la magia que tiene este lugar. La decoración surge como una protesta ante el minimalismo, ya que aquí todo es en exceso. Sus habitantes llamaron a esta nueva corriente minichelista —aunque también es denominado como dadaísta— y le dieron la definición de minimalismo a la chilanga.

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El lugar es poco convencional: está lleno sillas hechas con chatarra y mucha imaginación. También hay sillones con esos viejos tapizados de terciopelo con flores que usaban las abuelitas para sus salas. Otro punto a destacar dentro de su decoración son sus paredes, las cuales están plasmadas con murales de realismo mágico y en ellas puedes ver el infierno y el cielo muy juntitos.

Pero un café tan peculiar debe tener habitantes fuera de serie, vamos a conocerlos.

Un punto para el sano entretenimiento

Una de las características de este lugar es que no se ofrece alcohol, ya que la idea es que la gente lo adopte como un espacio recreativo en donde pueda leer, estudiar, intercambiar opiniones, apreciar exposiciones de arte, pequeños conciertos y recitales de poesía de una manera calmada sin ruido ni interrupciones.

Con grandes recuerdos

Con una sonrisa de oreja a oreja, Itzel pasa por las mesas del Minichelista para asegurarse de que los comensales se encuentren bien.

“La idea del Minichelista nació después de que salí de la universidad. No me gustó la vida godín que empecé a tener con horarios de oficina y esas cosas, y se me ocurrió crear un forito cultural. Al principio, no tenía para invertir en muebles, entonces mi papá, mi primo y yo nos pusimos a recolectarlos de las casas de mis familiares y en algunos tianguis de pulgas”, comenta mientras sacude con un dedo su cigarrillo para tirar la ceniza.

De su padre, Itzel guarda gratos recuerdos; dice que fue gracias a sus ideas que el Minichelista tiene este concepto único, “mi papá empezó a entrar mucho a la onda de reutilizar, hacer muebles a partir de cosas de objetos y materiales que aparentemente ya son basura”, comenta y continua diciendo: “Los últimos recuerdos que tengo de mi padre en su máximo esplendor están en este lugar”, dice mientras apunta con el dedo a una de las mesas.

Luego de 12 años como administradora del Minichelista, Itzel prácticamente habita esta antigua casona, “es mi casa, mi vida. Gracias a este lugar he conocido gente maravillosa”, hace una pausa para llevarse el cigarro a la boca y continúa diciendo que “han pasado muchísimos personajes por aquí, uno de ellos fue un pintor muy talentoso, “le dimos asilo a cambio de arte. Estuvo aquí como seis meses, con una chica que se trajo de Finlandia y un gato; hasta acondicionó un estudio de tatuajes que sólo le duró dos meses”, dice.

Itzel estudió la carrera de diseño gráfico, la cual ha podido ejecutar en esta cafetería mientras se divierte. “Tengo un trabajo que muchos envidiarían. A pesar de que a veces es estresante, es más relajado que otros. Y no tengo que levantarme a las siete para ir a la oficina y aguantar a un jefe que me choca. El Minichelista me da todo”, dice y concluye con una gran sonrisa.

Shay, el levanta servilletas

Si Shay tuviera un puesto dentro del Minichelista sería el de levanta servilletas, bueno, al menos así lo define; aunque, en realidad, se encarga de todo el área creativa del lugar, desde hacer el mobiliario para la decoración, checar el funcionamiento de las cosas y uno que otro detalle como el diseño de las cartas.

“Todo es colectivo. Para hacer el diseño de la carta fusioné la idea de otras dos que fueron ganadoras del premio menú 2013 en Francia. No es fusil, es tomar la idea y reutilizarla, le dije a Itzel: ‘rífate el logo’ y, entre otras personas y yo, hicimos el resto”, comenta mientras muestra una tabla de forma rectangular donde está plasmado el menú.

Además comenta que para él es fácil realizar sus diseños, “con este concepto de reuso, puedes darle otro sentido a las cosas, hacer los muebles y las sillas. Por ejemplo, esas dos lámparas (señala un par que están en lo alto de la sala donde está) salieron de una tienda de zapatos que estaban desmantelando; les dimos el mismo sentido y nos ahorramos dinero”, afirma.

La tina que se encuentra en una de las salas del Minichelista es pieza clave del lugar. Y es que, al verla rellena con esos cómodos cojines, no puedes evitar echar un brinco y acostarte, pero la pregunta es, ¿de donde salió ese peculiar mobiliario? La respuesta —aunque un poco confusa— la tiene Shay.

“Esa tina era de mi abuelito Juan, no nos la quiso dar, pero se la quitamos cuando se petateó, porque buscamos en varios lados y las tinas de fierro colado estaban bien caras”, dice este habitante antes de ser interrumpido por Itzel que completa la información diciendo: “Fue una herencia no tan voluntaria”, termina y echan a reír.

Además, agrega que su abuelito era un acumulador muy creativo. Al morir, el papá de Itzel y tío de Shay llevaron muchas cosas para el Minichelista. De ahí, el señor también adquirió el hábito de acumular cosas, muchas tuvieron que llevarlas a vender a varios tianguis donde conocieron a otro peculiar habitante: el Napo, quien era cliente frecuente y ahora resguarda la puerta de este lugar.

El Napo 

No hay quien se le cuadre al Napo y su estatura de casi 1.90 metros de altura; quien, vestido con ropa obscura que él mismo elabora, comenta cómo fue que empezó a trabajar en el Minichelista. “Llegué aquí porque necesitaban un servicio y me quedé”, el trabajo que realizó fue el de cuidar la puerta ya que, en una ocasión, Itzel fue víctima de extorsión, por lo que Shay le pidió que cuidara del lugar e indirectamente de su prima.

“Napo tiene la famita de loquillo, de ser golpeador. Por eso decidí que se quedara con nosotros, pero en realidad es un sol; es bien leal y atento”, dice Shay cuando habla de este habitante, quien —pese a su gran corpulencia— al hablar lo hace con una voz muy suave y amable.

En la entrada del lugar una pareja se dispone a entrar, Napo se acerca y de manera preventiva les informa que no pueden ingresar ninguna bebida ajena al lugar, ellos afirman con la cabeza e ingresan. Este guardian comenta con gran emoción; “me fascina mi trabajo, lo amo”, dice.

Además, Napo se da tiempo para lavar los trastes, llevar recados y estar al pendiente de lo que hace falta. “Me encanta este lugar y su decoración. Además, puedo dar mi opinión y aportar con ella; otra de las cosas es que, en ocasiones, hasta ayudo a hacer algunas creaciones”.

A la par, este habitante también tiene otra afición. “Me dedico a hacer espadas o armas medievales. Me gusta mucho hacer artesanías; por ejemplo, en mi vestuario invierto alrededor de un mes para hacerlo”. Al mismo tiempo dice: “a lo mejor por eso la gente me tiene miedo, pero ¿qué les puedo hacer? No soy mala persona. Yo creo que esa gente ve mucha televisión”, dice son su tierna voz y concluye con una sonrisa.

(Fotos: Guillermo Gutiérrez) 

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Periodista en formación, egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo, de la FES Aragón (UNAM). Amante de la buena música, el cine y el café.