06066 I La “mejor” afición

Ciudad

El grito de “puto” es tan solo la punta del iceberg, la cereza de un pastel que está totalmente podrido

No hay peor falacia que aquella que asegura que “la afición de México es de las mejores del mundo”. Puede que hace algunos años lo hayamos sido, gracias a expresiones como “la ola” o “el chiquitibum”. Sin embargo, debemos aceptar que desde hace muchos años los aficionados mexicanos hemos perdido la alegría que nos caracterizaba, para convertirnos en unos verdaderos simios prepotentes que insultan y agreden sin temor alguno porque “para eso pagamos un boleto” y “solo lo hacemos por desmadre”.

Lo ocurrido el domingo en el Azteca es vergonzoso por donde se vea: una afición que, por un lado, se la pasa pregonando el fair play, pero que tan pronto suena el himno de los Estados Unidos lo abuchea de principio a fin. Me pregunto qué hubiera pasado si el partido se hubiese jugado en territorio norteamericano y los abucheos hubieran sido contra el himno mexicano.

Otros aficionados tienen la firme creencia de que no hay mejor forma de celebrar un gol o reclamar al árbitro que aventando cerveza —en el mejor de los casos—, y hago esa aclaración porque no faltó quién aventó una lata de refresco que terminó descalabrando a una adolescente. Y del acoso que recibieron los aficionados estadounidenses, mejor ni hablamos.

Nuestro comportamiento en las tribunas refleja nuestro comportamiento como sociedad. Abogamos por el fair play, pero solo cuando nos conviene. Nos agandallamos a quien se deje porque “hay que sacar el colmillo” y, si no, al menos lanzamos algún insulto o una buena mentada de madre “para que el otro no se vaya limpio”.

Mucho se ha escrito sobre el grito de “puto”, pero esa es tan solo la punta del iceberg, la cereza de un pastel que está podrido y que desde hace años se ha encargado de tolerar la violencia en las tribunas y, por consiguiente, en nuestra sociedad. Porque, seamos claros, gritar “puto” no es echar desmadre. Es agredir, es ofender, es asumirnos en una estúpida posición de “superioridad” sin sentido, por el simple hecho de que las preferencias sexuales no definen a las personas.

El grito esconde nuestra prepotencia, pero también nuestra indolencia. Porque al justificarlo una y otra vez, de la manera en la que se busque justificar, solo se fomenta la violencia. ¿O cómo creen que empiezan las batallas campales que hemos visto en los estadios? Sí, con un grito, con un insulto, con un “desmadre” que muchas veces termina costando vidas.

Seguir defendiendo lo indefendible es seguir condenándonos a un entorno lleno de violencia e impunidad del que cada vez será más difícil salir. ¿La mejor afición del mundo? Sí, cómo no…

Foto: Cuartoscuro