Estudiantes rechazados

Cada año, miles de aspirantes quedan fuera de las universidades públicas. Te contamos qué hacen mientras esperan otra oportunidad.

En promedio, de cada 10 aspirantes a entrar a una universidad pública en la Ciudad de México, solamente uno obtiene un lugar. Tales estadísticas indican que, cada año, la capital del país tiene decenas de miles de jóvenes rechazados que deben decidir qué hacer con su futuro.

De acuerdo con testimonios recabados por Máspormás, algunos optan por mejor dedicarse de lleno a trabajar, otros deciden estudiar algo distinto a una carrera universitaria y otros más se empeñan en tratar de ingresar a la educación superior, y mientras esperan su nueva oportunidad, toman diferentes caminos.

Manuel, de 21 años, es uno de estos últimos jóvenes. En dos ocasiones ha hecho el examen para el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y ya se prepara para un tercer intento, porque su sueño —dice— es convertirse en ingeniero en sistemas automotores. En tanto, tomará un curso técnico en el Centro de Capacitación para el Trabajo (Cecati) 157.

“Mis papás no quieren que esté en la casa sin hacer nada. El año pasado tomé el taller de electricidad, este año tomaré el de mecánica. Si no tengo el título de ingeniero, al menos tendré conocimientos y podré encontrar trabajo más fácilmente”, comenta.

Josué vive una situación similar. Trató de entrar a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero no se quedó. Desde entonces, y mientras llega la fecha para que presente un nuevo examen, trabaja como chofer privado y por las mañanas toma clases de inglés y de francés.

“Estudio idiomas porque es mi plan B. Puedo dar clases, pero también pienso que me sirven, porque quiero estudiar Relaciones Internacionales y, con la competencia que hay en el mercado laboral, siempre es bueno tener aptitudes extras. No quiero perder el tiempo”, dice.

Un tercer caso es el de Guadalupe, de 19 años, quien quiere estudiar Veterinaria y, al tiempo que espera el examen de ingreso a la carrera, busca terminar un curso para ser estilista profesional.

“No podía quedarme sin hacer nada [después del bachillerato]… Mientras, busqué algo que me fuera útil, que me gustara y que me mantuviera ocupada”, señala.

El deseo de ser universitario

De acuerdo con expertos, los tres testimonios reflejan dos grandes tendencias que existen en la capital.

La primera de ellas es que la mayoría de los jóvenes está convencida de que estudiar una carrera universitaria les garantizará tener una mejor calidad de vida. Así lo indica, por ejemplo, la más reciente Consulta de Tendencias Juveniles elaborada por el Instituto de la Juventud local. Según el documento, el porcentaje de quienes comparten esa creencia llega a 80.5% de este sector de la población.

La segunda tendencia consiste en que los aspirantes rechazados tienden a no quedarse inactivos mientras esperan una nueva oportunidad para entrar a la universidad. Manuel Noriega, director de Consultores en Educación, Desarrollo y Capacitación (Cedec), dice al respecto que los miembros de esta generación consideran que los talleres y las carreras cortas pueden ayudarles a rápidamente encontrar un trabajo, brindar servicios a domicilio o emprender.

Un problema latente

Más allá de esto, los expertos coinciden en que la situación de los aspirantes rechazados es un tema que las autoridades deben atender con urgencia antes de que tenga consecuencias negativas de gran alcance, no solamente para la Ciudad de México sino para todo el país.

Algunas de las expresiones más comunes del descontento de estos jóvenes son las protestas que convocan eventualmente, con el propósito de exigir la apertura de más espacios en las instituciones públicas de educación superior. Frente a ello, instituciones como el IPN y las escuelas a cargo del Gobierno capitalino han accedido a abrir más lugares en sus aulas.

Recientemente, la secretaria de Educación local, Alejandra Barrales, anunció que este año se podrá recibir a alrededor de 20 mil 500 rechazados, en el marco del programa Educación Por Ti.

No obstante, especialistas como Roberto Rodríguez consideran que los efectos negativos pueden ser más profundos que marchas en las calles. Uno de ellos —advierte— es la potencial fuga de talentos: que personas busquen estudiar e instalarse en otros países, si consideran que en México no encontrarán oportunidades de desarrollo. A su vez, esto afectaría la productividad y el crecimiento nacional.

Para enfrentar estos problemas, dice, algunas alternativas son que las autoridades amplíen la oferta educativa y fortalezcan las tareas de orientación vocacional, como se ha hecho en países latinoamericanos, por ejemplo, Argentina y Uruguay.

Otros especialistas mencionan también que los gobiernos, junto con investigadores y las propias universidades, deben analizar qué tanto crecerá la demanda de educación superior en las próximas décadas, para vincularla con las necesidades de desarrollo del país y diseñar una estrategia sostenible para brindar espacios a los jóvenes.

En cifras

  • 9% de las 128 mil 490 personas que en 2015 hicieron el examen para la UNAM obtuvo un lugar.
  • 27% de los aspirantes al Instituto Politécnico Nacional consiguió un espacio.
  • 254 mil jóvenes de 20 a 29 años que habitan en la capital del país no estudian ni trabajan.