La locura de ser persona

Francesca Dalla Benetta

La nueva serie escultórica de la artista plástica italiana Francesca Dalla Benetta gira en torno a una pregunta que nunca acaba de responderse: ¿quiénes somos?

POR MARGOT CASTAÑEDA

Disfrazarnos. Lo hacemos todos los días y no siempre somos conscientes. Con el vestido o la chamarra con parches también nos ponemos una máscara (a veces ligera, a veces más gruesa). El disfraz representa la faceta de nuestra persona que elegimos mostrar cada día. Es nuestra forma de decir: “Esta soy yo”. Acentuamos ciertas características de nuestra personalidad según las circunstancias, las emociones… Es normal. Disfrazarnos, dice la artista plástica Francesca Dalla Benetta, “se nos da natural”.

La identidad (múltiple) y las formas que tenemos para expresarla o esconderla es el tema con el que Francesca está obsesionada. Sus dudas son muchas: ¿quiénes somos detrás del disfraz?, ¿somos muchos en uno?, ¿cómo construimos esas personalidades…? Su manera de intentar responderlas: el arte.

Esta curiosidad por el verdadero significado de ser persona llevó a Francesca Dalla Benetta a crear su nueva serie escultórica “Disfraces de identidad”, que estará expuesta en Aguafuerte Galería (Guanajuato 118, col. Roma Norte) desde mañana 3 de mayo y hasta el lunes 21 de mayo (entrada libre). Son 20 piezas de bronce, fibra de vidrio y cerámica; 17 de ellas fueron hechas ex profeso para la muestra y tres pertenecen a una serie previa que marcó su nueva etapa como artista.

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Dos de las piezas  —“Madness” y “Who I Am”— son bustos de una mujer con actitud introspectiva y una cabellera exagerada de la que se asoman otros rostros. “Son las otras caras —dice—. Las otras formas que tenemos de ser nosotros. Las piezas hablan sobre nuestra libertad de elegir una u otra personalidad, pero también sobre nuestra falta de control sobre ellas”.

El matiz de estas dos mujeres es más fuerte que el resto. Ellas exponen la locura, la esquizofrenia, la bipolaridad. Francesca Dalla Benetta se siente sensible al tema: cuando cumplió 19 años la diagnosticaron con bipolaridad. “No sé si haya sido cierto o no. Era muy infeliz en ese entonces, cuando todavía no me encontraba en el arte —cuenta—. Con el tiempo aprendí que puedo tener cierto control de mis emociones”.

El arte, para ella, es un medio de autoconocimiento. Lo ha sido desde aquel diagnóstico que la empujó a dejar la carrera en Física y emprender camino en la Academia de Arte de Milán. “No estoy loca. Una vez que entendí mis razones, empecé a ser más yo”.  Así inició la construcción de la idea que ahora vemos en sus esculturas: ser persona no es solo ser un humano, es ser tú y nadie más.

La realidad no convencional

Sin saberlo, Francesca Dalla Benetta se inició en el tema de la personalidad desde su primer trabajo, como caracterizadora de cine. Durante 14 años, su especialidad fue construir prostéticos con silicón de platino (o látex, si el presupuesto era pequeño) para ayudar a los actores a convertirse en alguien más; hasta que llegó a México para trabajar en la cinta Apocalypto y cambió el rumbo.

“Me quedé porque México me pareció surrealista —dice—. Eso hizo resonancia con mis cuerdas, con mi manera de ver el mundo y trabajar mi creatividad”. En ese momento se dio cuenta de que podía hacer escultura en serio. Por un lado, tenía todo el conocimiento técnico necesario, y por otro, un cuaderno lleno de bocetos listos para saltar a la tercera dimensión. En 2013 dejó el cine y se aventuró a exponer su trabajo en una exhibición de criaturas fantásticas, en Florencia. “Estaba hecha a mi medida —recuerda Francesca—, en ese entonces tenía una fascinación por lo deforme, lo surrealista”.

Con la influencia del cine fantástico y la literatura de ciencia ficción que tanto le gusta, era lógico que sus bocetos estuvieran llenos de criaturas híbridas, caras derretidas, miradas desorbitadas e incluso malformaciones genéticas como la focomelia, padecida por muchos descendientes de víctimas del accidente de Chernóbil y expuesta en su pieza “Ojos que no ven, corazón que no duele”.

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Su arte a menudo fue descrito como “inquietante”, incluso “terrorífico” por no ser complaciente con la belleza convencional. Eso no la limitó, pero una crisis por saber si quería o no seguir en México la llevó a una etapa artística mucho más humana y realista.

Hacer comunidad

Al separarse de su pareja, se preguntó si debía o no regresar a su natal Florencia. Para responderse emprendió “Migración italiana”, una serie de retratos realistas de 50 italianos en México —turistas o residentes—. Fue un reto técnico y emocional: brincar de lo fantástico y deforme a lo humano y real.

Así comenzó su etapa más abierta, hasta ahora, con el mundo externo. “Mi trabajo como artista plástica había sido muy solitario”. Este proyecto, en conjunto con los talleres que ofrece en su estudio, la acercan a hacer comunidad.

Ahora, el imaginario que explora está en el punto medio de ambas etapas. Su arte es humano, pero dialoga con elementos fantásticos: las capuchas, los antifaces, las máscaras que usamos para escondernos de los otros. “Disfraces de identidad”, su decimosexta exposición individual, es resultado de un flujo de conciencia y emoción que ha permeado en ella misma y en su arte.