Herencia olímpica

Los juegos de México 68 no sólo nos dejaron recuerdos. También nos legaron edificios emblemáticos del paisaje capitalino.

FOTOS: GUILLERMO GELAMAKA

En 1968, la Ciudad de México no sólo vivió una fiesta deportiva. Los Juegos Olímpicos celebrados ese año también trajeron a la capital una fiesta arquitectónica, cuya huella permanece hasta nuestros días, en la forma de edificios imprescindibles para el paisaje de una urbe que no deja de crecer.

Durante la justa se estrenó el Palacio de los Deportes, que se usó principalmente para el torneo de basquetbol, y también comenzaron a funcionar la Pista Olímpica de Remo y Canotaje, el Polígono Olímpico de Tiro, la Sala de Armas de la Magdalena Mixhuca, el Velódromo Olímpico Agustín Melgar, la Alberca Olímpica Francisco Márquez y el Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera.

“Desde la candidatura de México como sede de los Juegos Olímpicos, se dejó claro que una de las ventajas de la ciudad era la infraestructura existente. Sin embargo, se tuvieron que construir algunas sedes más”, explica la arquitecta Sofía Brinn, integrante de la asociación civil Fomento Universal para la Difusión Arquitectónica de México (FundarqMX).

A los inmuebles mencionados se sumaron otros más para fungir como sede de las competencias. Algunos ejemplos son la Arena México —escenario para las peleas de box—, el Campo Marte —donde se celebraron las pruebas de equitación—, el Auditorio Nacional —que funcionó como gimnasio—, el Estado Azteca y el emblemático Estadio Olímpico Universitario.

Sin embargo, eso no fue todo, pues también se necesitaban espacios para alojar a miles de visitantes: delegaciones olímpicas, funcionarios del deporte mundial, diplomáticos y periodistas de medios internacionales.

Para ello, las autoridades mexicanas construyeron dos villas olímpicas, una para atletas y oficiales, ubicada en la zona de Cuicuilco, y otra para jueces y participantes de la olimpiada cultural, situada en la exhacienda de Coapa.

En la colonia Anzures, sobre la avenida Mariano Escobedo, se edificó el Hotel Camino Real para alojar a la prensa que cubriría las actividades de México 68. El arquitecto Ricardo Legorreta fue el encargado del diseño, una tarea para la cual contó con la asesoría del alemán Mathias Goeritz.

Pero la labor del europeo no se quedó ahí. Junto con otros artistas internacionales, Goeritz participó con sus esculturas en la Ruta de la Amistad, un corredor que conecta las dos villas olímpicas y que —a pesar del crecimiento urbano— actualmente sigue siendo característico del sur de la capital.

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La imagen del México moderno

El legado arquitectónico que la justa olímpica dejó a la ciudad, explica Brinn, se inscribe en la corriente de la arquitectura moderna internacional. Esto significa que los responsables de la organización e imagen de los juegos —el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, acompañado de Eduardo Terrazas y Lance Wyman— quisieron mostrar a los visitantes un México moderno y, al mismo tiempo, se inspiraron en arte indígena huichol y las influencias de la época del pop art.

Pero para la justa, según fuentes consultadas, no sólo se recurrió a obras nuevas, sino que se adaptaron varios edificios existentes.

Entre ellos estuvieron el Frontón México, que hoy se encuentra en remodelación tras décadas de abandono; el Centro Deportivo Chapultepec, frente al Hotel Camino Real; el Teatro de los Insurgentes, donde se realizaron competencias de halterofilia; la Pista de Hielo de Insurgentes, que posteriormente fue demolida y dio paso a Plaza Inn, y la Pista de Hielo de Revolución, en la zona de Mixcoac.

La señal oficial de los Juegos Olímpicos se transmitió desde la torre de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), que 17 años después sufriría graves daños a raíz del sismo de 1985. De acuerdo con versiones de la época, desde ese sitio en Paseo de la Reforma se observaba la iluminación de los aros olímpicos.

En tanto, el Palacio de Bellas Artes y el Museo de Antropología fueron sede de la olimpiada cultural.

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La preservación del patrimonio

Especialistas coinciden en que la misión de México 68 era ser la plataforma del país para presentarse ante el mundo como una nación moderna, capaz de ser modelo de crecimiento y desarrollo para América Latina.

Así lo resumió el propio Ramírez Vázquez: “Para mí, la medalla que yo buscaba era el prestigio de México, [demostrar] la capacidad de México”.

Hoy, la mayoría de los edificios construidos para aquella justa sigue siendo utilizada. Algunas obras son usadas para actividades deportivas. Otras fueron destinadas para vivienda.

“Las villas olímpicas fueron puestas a la venta una vez concluidas las actividades olímpicas. El dinero se usó para recuperar la inversión realizada por las diversas organizaciones. Y ahí se disfruta de una gran calidad habitacional debido a la excelente planeación y buenos equipamientos”, dice Brinn.

“Los Juegos Olímpicos representan una inversión colosal para los países que los organizan, principalmente en instalaciones deportivas y alojamiento. El ser sede de los Juegos Olímpicos es una gran oportunidad para un país de mostrar al mundo su cultura y su capacidad económica, principalmente a través de la infraestructura, que es aquí en donde entra la arquitectura. No obstante, una vez finalizado el evento deportivo, el problema es el destino de los espacios construidos”, agrega la arquitecta.

Por esa razón, advierte, la capital debe seguir pendiente de su legado olímpico, con el fin de evitar que se deteriore o incluso caiga en el abandono.

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Rafael Montes es reportero de la ciudad desde hace siete años. Apasionado de la movilidad, el urbanismo y el medio ambiente. Ciclista y peatón cotidiano, no tiene auto y sólo de ser muy necesario deja la bici para subirse al Metro o al coche de su novia.