Herramientas centenarias

Pedro Boker en su oficina, por Guillermo Gelamaka
Pedro Boker en su oficina, por Guillermo Gelamaka

Pedro Dirige una de las ferreterías más emblemáticas del Centro, Casa Boker, cuyo edificio lleva 116 años en la calle 16 de septiembre.

FOTOS: GUILLERMO GELAMAKA

La oficina de Pedro Boker huele a madera recién pulida. Es por el piso de duela, las puertas, las vitrinas y el prolongado escritorio en el que toma asiento. Tras su figura alta y blanquecina, el sol la tarde barniza con un tono amarillo las paredes, donde cuelgan retratos de los Boker que lo antecedieron.

Ahí está Francisco con sus facciones angulosas y sus orejas prominentes pintadas al óleo. Fue director de Casa Boker de 1898 a 1965. Antes fue Roberto, el fundador en 1865 de la ferretería familiar. Finalmente, el retrato de Günter, hijo de Francisco y director de Casa Boker de 1933 a 1992 y de quien sobresalen sus dientes, el cabello negro engominado, los lentes de pasta.

—Cuando era joven solía decir que nunca iba a trabajar detrás de un escritorio —dice Pedro Boker.

— Ja, ja, ja. ¡Mírame ahora!

Los retratos de sus antepasados fijan sus ojos en objetivos indefinidos, son una estirpe dedicada desde 1614 a la fabricación y comercialización de herramientas de mano, primero en Alemania, ahora en México.

Desde 1966 Pedro es responsable del área operativa de una ferretería en la que encuentras desde una pila, hasta navajas con cachas de hueso de dinosaurio (“Están certificadas y valen 15 mil pesos”).

Pedro y su hermano Klaus son los directores de la compañía. “Tradición y vanguardia” es el lema de un negocio familiar que en 1900 erigió su edificio en la calle 16 de Septiembre.

Lo hacen por convicción, a diferencia de otros Boker. “Mi abuelo quería ser arquitecto, no ferretero, pero tuvo que aceptar por la fuerza. A mi padre le hubiera gustado ser violinista”. Pero él, Pedro, jamás dudó en tomar las riendas del negocio. “De aquí me sacan con los pies por delante”, dice. Y coloca sobre el escritorio un cuadro con el árbol genealógico de todos los Boker que lo antecedieron, desde 1513.

La vida de los objetos

Toda la vida de los Boker se cuenta en las fotografías y óleos de la oficina de Pedro. Con el dedo señala la foto en blanco y negro de una cabaña en medio de un bosque alemán. “Mi familia forjaba las herramientas en una casucha así”, dice.

Pero en la segunda mitad del siglo XIX, una parte de la familia dejó Alemania para instalarse en San Petersburgo, Buenos Aires y Nueva York. Después de la Guerra Civil estadounidense, Pedro Boker decidió dejar Estados Unidos e instalar su negocio en la Ciudad de México. Lo primero que comercializó fue una máquina de coser Singer.

Los objetos guardan en sí mismos la historia privada de las familias y el espíritu de las épocas. Y ahí están, para dar testimonio de los Boker y de la cotidianidad de un país prerevolucionario, una de las primeras máquinas de coser comercializadas por la casa. O un teléfono con una placa metálica con el apellido de la familia, las campanillas devoradas por el óxido, la tela que cubre el cable, desgastada; la caja de madera de nogal, casi intacta. Cajas fuertes de la marca Boker, elaboradas a principios del siglo XX. Navajas suizas con incrustaciones de marfil con leones tallados.

Objetos que reposan en vitrinas instaladas en las oficinas, como si la ferretería fuese un museo y Boker, el guía que presume la colección que inició hace 48 años, de la que también señala, sin disimular su orgullo, las cartas signadas que Porfirio Díaz envió a la familia, cuando casa Boker inauguró su propio y moderno edificio en 1900.

La ruptura de la cadena

“Nunca compres una herramienta que no sepas cómo se fabrica”, recuerda Pedro que le aconsejó su abuelo. Por eso, Pedro asegura haber visitado fábricas de todo tipo: de martillos, de bolígrafos, de cuchillos y de armas. También aprendió a trabajar la madera, esa que extiende su aroma en todos los rincones de su lugar de trabajo.

“Tradición y vanguardia”, repite. Pero enseguida, Boker acota que el medio ferretero es más conservador que audaz: “Somos como un martillo, que no cambia su función aunque pase el tiempo”.

Y es quizá eso, la inmutabilidad de la esencia, lo que ha permitido que casa Boker sobreviviera a una inundación (1952), un incendio (1975), una intervención del edificio durante la Segunda Guerra Mundial y un nuevo siglo donde no vale la pena asistir a ferias ferreteras, porque “ya todos los contactos se hacen por internet”.

Los tiempos cambian. A diferencia de su abuelo, de su padre y de él mismo, quienes laboraron en el negocio familiar, la nueva generación la familia Boker ha decidido ramificar sus profesiones en otras áreas alejadas y romper una cadena de potenciales arquitectos y violinistas que, sin importar sus vocaciones, prefirieron engarzarse en una cadena de eslabones centenarios.

“Me costó años entender que ninguno de mis hijos quisiera venir a trabajar aquí”, dice Pedro, quien  no pierde la esperanza de que uno de ellos decida seguir con el negocio familiar.

“Trato de involucrarlos a través de la historia de nuestra familia. Los Boker tenemos la columna vertebral de hierro. Somos fabricantes de herramientas. Todo hombre busca la trascendencia, y la de nosotros es el apellido”, dice.

En cifras:

  • 151 años de existencia tiene la ferretería Casa Boker en la Ciudad de México.
  • 1900 fue el año en que inauguraron su actual edificio en la calle 16 de septiembre, en el Centro.
  • 1513 es el año del que data el antepasado Boker más antiguo del que tengan registro.