Cuidar las últimas horas

Hilda, una efermera que cuida las últimas horas de la vida

Hilda Huerta acompaña enfermos en agonía, un oficio que la lleva a encarar diariamente lo inevitable: la muerte

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

 

Aunque la esperemos, no estamos preparados para recibir a la muerte. Hilda Huerta rememora la vez que tuvo que despertar a una mujer para anunciarle que su madre acababa de fallecer. En los 19 años que se ha desempeñado como enfermera y cuidadora particular, Hilda ha acompañado a hombres y mujeres en su agonía.

“Las personas no estamos listas, cuando la muerte al fin ocurre”, dice Hilda. Pero en una ocasión, casi llegó a convencerse de lo contrario. Una familia la había contratado para cuidar a una mujer de avanzada edad. La hija de aquella señora le había comentado a Hilda que estaba preparada para enfrentar el momento en que su madre falleciera. “Me dijo, muy tranquila, que ella había tomado varios cursos de tanatología
y que sabría enfrentarlo”.

Cuando la muerte llegó en la madrugada, Hilda se dirigió a la habitación de la mujer para darle la noticia. “Ella se quebró. Me miró y dijo: ‘Yo vivía para mi madre. Y ahora, ¿qué voy a hacer?’”.

Las luces de la casa pueden estar encendidas, la puerta abierta y los anfitriones prevenidos. Da igual. La muerte ingresa como un visitante incómodo.

“Todos vamos a morir”. Hilda asiente con un gesto sereno, su voz es delicada. Hace cuentas: de todas las veces que ha cuidado a gente mayor, en cinco ocasiones ha acompañado a los pacientes hasta el último aliento. No se ha acostumbrado. “Dicen que un cuidador no se involucra. Pero claro que sí. Lo que pasa es que uno no muestra sus emociones, porque es profesional. Y porque sabe que es algo que va a ocurrir. Pero es algo que nadie puede evitar”.

Hilda ha vivido la espera de lo inevitable de maneras tan diversas como distintas son las familias y los ritos. “Si es una familia judía, me impiden tocar al paciente, solo estoy ahí para ofrecer el medicamento. Con una familia católica, puedo tocarlo para cambiarlo de posición cada hora. He estado en habitaciones llenas de familiares que esperan “el momento”. También he pasado turnos sin dormir, absolutamente sola, porque el familiar se va y me pide que le avise cuando finalmente ocurra el deceso”.

A veces ocurre un comportamiento que Hilda no se explica. “Algunos hijos de mis pacientes llegan de visita, les dicen cosas dulces, como ‘mi amor’ o ‘te quiero mucho’, pero no despegan los ojos del celular. Se quedan unos minutos, media hora a lo mucho, y se despiden. En todo ese tiempo, no dejan de usar el teléfono”.

Hilda frunce la nariz. “Eso es algo que no entiendo”. Pero hay cosas que son comprensibles: la ansiedad de los familiares.
El dolor de quienes necesitan cuidados.

“Es un tránsito que no es fácil para nadie”. Aunque, en su experiencia, siempre hay alguien, entre todos los dolientes, que asume el papel de liderazgo: “Es el que toma las decisiones. Procuro identificarlo casi enseguida y es la persona con la que más entablo comunicación”.

La voz nos acompaña en la espera: Hilda habla con la familia y también con aquellos a los que cuida. “Me cuentan su vida”. Ella se vuelve depositaria de historias que ocurrieron en otro tiempo, cuando el cuerpo y la memoria no fallaban. “Algunos no recuerdan qué hicieron una hora antes, pero describen perfectamente cómo fue una tarde en su niñez”. En la convalecencia, nos queda el recuerdo nítido y la voz para manifestar: yo viví esto. Muchas veces son pasajes de su vida con lujo de detalles.

Hilda los escucha y les habla. No solo para dar continuidad a una conversación, sino porque la voz es un vínculo. “A veces, mis pacientes ya no tienen fuerzas para hablar”, y entonces ella llena los vacíos con palabras como un modo de saber que no están solos y de hacerles saber que alguien está atento a lo que dicen y a lo que sienten.

Son casi dos décadas las que Hilda ha trabajado tanto en hospitales como en casas particulares. No se asemejan las experiencias. Cuando se atiende a varias personas en un hospital, a los pacientes se les conoce por el rostro y el número de cama. “Son tantos, que a veces es difícil retener los nombres”.

En cambio, en una casa, con horarios establecidos que van desde el par de horas, hasta turnos completos de 24, el nombre del paciente se vuelve lugar de tránsito constante: “Siempre les llamo por su nombre antes de avisarles lo que voy a hacer: ‘doña Mari’, ‘don José’, ‘voy a cambiar su posición’, ‘le voy a dar agua’, ‘lo voy a llevar de paseo’, ‘le voy a dar el medicamento’”.

No hay cabida para el sueño conforme se apaga la vida de aquel a quien se cuida. “Sabes que está por ocurrir, porque el pulso y la temperatura aminoran. Yo espero, pegada a la persona, de día y de noche, porque doy un reporte de lo último que ocurrió: un movimiento, una tos, no pudo dormir”.

Entonces sucede. El pulso se detiene. Hilda da la noticia a los familiares. La muerte llega, y no hay curso de tanatología que nos prepare para la despedida. “Y ahora, ¿qué voy a hacer?”, le preguntó la mujer que recibió la noticia del fallecimiento de su madre en la madrugada. “Me dijo que había dedicado su vida a acompañar a la madre, y que se había olvidado de ella”.

¿Qué vamos a hacer? Vivir, acumular memoria de todas las tardes. Ser la voz que afirma: “Yo existo”, antes de desaparecer.

En cifras: 

  • 286 mil trabajadores se dedican al cuidado de personas dependientes en todo el país.
  • 24 mil 310 es el cálculo de cuidadores de enfermos que laboran en la CDMX.
  • 97 de cada 100 cuidadores en México pertenecen al sexo femenino.