Un defensor de la tierra de todos

Jacobo es líder de una brigada que resguarda el bosque

Jacobo es el líder de una brigada que cuida una de las áreas naturales más extensas pero menos protegidas de la CDMX

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

No cualquier persona puede apagar el fuego en lo más alto de los cerros ni reforestar los árboles que dan oxígeno a la capital. Son pocos los que están dispuestos a realizarlo, mejor dicho: hay quienes nacieron con el espíritu de defender el campo y la capacidad de dotar de significado el terreno que pisan.

“Debemos tener esto bien cuidado para que haya una buena filtración del agua, pues aquí se recargan los mantos acuíferos que alimentan al Valle de México”, dice Jacobo Pineda Arenas, responsable de la brigada comunitaria de San Francisco, en la delegación Xochimilco.

Desde hace siete años, Jacobo decidió ser parte del grupo de comuneros voluntarios que resguarda al bosque. Coordina a 25 personas quienes vigilan, reforestan y combaten incendios en la punta del cerro, donde los bomberos o miembros de protección civil difícilmente pueden llegar.

“En mi familia somos cinco integrantes y, cuando ellos pueden, estamos al cuidado del bosque”, comenta el hombre que trabaja de ocho de la mañana a ocho de la noche plantando, excavando, organizando y cabildeando con los representantes de las otras comunidades que también tienen su propia brigada en zonas como Santa Cecilia, Tulyehualco, San Gregorio, San Mateo, Xochitepec, San Luis y Santiago. Todas en la misma delegación.

Pero Jacobo no solo es un hombre con pala en mano. Se encarga también de entregar cuentas sobre la labor de todos a la Comisión de Recursos Naturales (Corena), también designa a los vigilantes de los tres turnos que hay para las 350 hectáreas de su ejido e intenta mediar los conflictos internos entre las comunidades.

“Hay sujetos que saquean la tierra y la venden, cuando se supone que es un recurso protegido por las autoridades y por nosotros”, explica sobre aquellos que lo han increpado para pedirle que deje de hacer “ruido” denunciando esta práctica de forma arbitraria. Pero parece no importarle. Es un hombre que busca justicia y democracia entre todos los terratenientes.

Mientras se sostiene de una cuerda al interior de la caja del camión que transporta a cinco comuneros más, cuenta que desde temprano sale de su casa y viaja unos cinco kilómetros a la primera caseta de vigilancia, el centro de reunión y trabajo. Ahí, junto a sus compañeros, alista palas, picos, machetes, plantas, comida y agua para todos. “Hacemos como 40 minutos hacia arriba. Ya sabemos dónde hace falta cobertura. Llegamos al polígono que nos toca y bajamos a darle duro”. Una vez adentrados entre los pinos, ocotes, flores y plantas de uso común como poleo, hierbabuena o manzanilla, Jacobo explica dónde se hará el chaponeo —cortar plantas que no sirven desde la raíz— y cajeteo —cavar alrededor de la planta para que guarde agua—, la poda de árboles, el levantamiento de basura y las marcas para el control de acceso a zonas peligrosas. Entre julio y agosto organiza las brigadas de mantenimiento forestal para que las plantas resistan las lluvias.

“En un día reforestamos una hectárea. Plantamos cada árbol a tres metros de distancia, siempre esperamos que no nos llueva y que tengamos buen rendimiento porque el trabajo lo tenemos que sacar”, afirma mientras su mirada se clava en uno de los árboles que tardará, al menos, 50 años en crecer.

Pero Jacobo no está solo, hay 300 héroes anónimos que apoyan a 11 brigadas de las distintas comunidades. Son hombres, mujeres y niños que a diario trabajan para evitar que las plagas se coman las hojas de los árboles o se corra un incendio que termine con las especies endémicas como encinos, oyameles y los ocotes Moctezuma. Para evitar los incendios, trazan una brecha cortafuego —una franja de entre 10 y 12 metros de ancho hecha con tierra o piedra— para evitar la propagación del mismo. Si detectan fuego, los vigilantes avisan a la caseta y los comuneros corren a apagarlo con ramas o tierra sin importar el punto donde se levanten las llamas.

Desde muy joven, el señor Pineda ayuda a su comunidad y afirma que su mayor satisfacción es “que si volteamos 360 grados, tenemos un panorama verde. Nos sentimos comprometidos a mantener esta área porque sin árboles no hay vida”.

Jacobo también batalla con un problema de recursos, pero de tipo económico. Lo que recibe no es suficiente para comprar y mantener el equipo necesario como mochilas de agua, botas, camisolas y hasta el combustible para los camiones.“Si recortan el presupuesto, cada vez será más difícil. Tenemos que buscar un equipo que nos proteja. Estar en un incendio no es cualquier cosa, hay que ir bien equipado”, explica el defensor de la vida y representante de sus compañeros. Aclara que los 3,200 pesos que la Corena les otorga mensualmente no les alcanzan para cubrir los gastos que implica el trabajo en lo más alto de la ciudad, además de que no cuentan con seguridad.

Pese a que haya brigadas, comuneros al rescate y líderes como Jacobo, la tarea de conservación es de todos al evitar tirar basura en la zonas urbanas como en los bosques, apagando colillas y fogatas, y, sobre todo, reconociendo su labor. “Es un trabajo muy importante que nosotros hacemos para contrarrestar con aire puro la contaminación de la ciudad”, agrega.

En cifras: 

  • 1,134 hectáreas comprenden el polígono de bienes comunales que Jacobo cuida.
  • 250 incendios se registran al año en las 11 comunidades que comprenden las brigadas.
  • 50 árboles plantan en una jornada los comuneros de San Francisco

    en la delegación Xochimilco.