La música como arma de cambio

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Gabriel Sierra Fincke es devoto del poder de los vínculos: en el que logra una mamá con su hijo, el de un profesor que enseña a sus alumnos y, sobre todo, el que ejerce un instrumento musical y sus notas sobre la vida de la gente, en especial, de las personas con discapacidad.

Desde hace 30 años, Gabriel imparte clases de piano a personas con discapacidad con un método peculiar: hace música a través de la familiaridad del entorno, por lo que le asignó un significado a las notas musicales. Do significa mamá, Mi es papá, Fa es hermano y La es el nombre de la mascota.

Gabriel empezó a estudiar música a los cinco años, pero la emoción le duró poco, pues consideraba que la forma en la que le enseñaban era aburrida. Cuando llegó a la adolescencia retomó las clases particulares, pero tampoco se convenció porque no podía tocar lo que escuchaba en la radio. Entonces se inscribió en la Escuela de Iniciación Artística No. 4 del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), donde algunos profesores lo convencieron de probar el Conservatorio Nacional.

“Después empecé a buscar trabajo y un día vi que en una guardería estaban metiendo un piano. Me acerqué a preguntar si necesitaban un maestro y me dijeron que sí, para la clase de Cantos y Juegos. Me preguntaron si me sabía las canciones de ‘Pimpón’ y ‘Huitzi, huitzi araña’ y empecé a trabajar”.

En ese lugar trabajó durante 17 años, pero su vida dio un vuelco, asegura, cuando le asignaron las clases con lactantes. Una de las bebés era Dani Fer, una niña de 10 meses poco expresiva, pero que a decir de las maestras, amaba la música. La pequeña nació con hidrocefalia y autismo, y a pesar del miedo que tenía Gabriel de lastimarla, la puso en sus piernas y empezó a tocar el piano.

“Años después me dijo su mamá que ese día fue la primera vez que la vio sonreír y manotear”, cuenta Gabriel. “Hoy, Dani Fer tiene 17 años, aún es mi alumna y toca el piano hermoso”.

Gabriel decidió abrir un taller de piano para personas con discapacidad por primera vez en la Escuela de Iniciación Artística luego de que vio a un joven de 15 años con autismo hacer un examen de admisión.

“Años atrás rechacé a un joven que no tenía dos dedos, nunca le di la oportunidad y no pude disculparme”, reconoce. “Él fue un Pepe Grillo en mi conciencia para que yo me lanzara”.

La historia del Gatito Pelón

Gabriel Sierra Fincke también es autor del libro Piano juguetón de Gatito Pelón, en el que enseña música a través de un cuento para que los alumnos desarrollen un vínculo entre sus seres queridos y los sonidos.

La publicación surgió gracias a una convocatoria del INBA y Conaculta, pero se basa en las vivencias de Gabriel como músico y profesor, así como en la convivencia que tuvo con bebés y adolescentes con discapacidad.

“Con esto también trato de que el piano no sea visto como un paradigma imposible en el que tienes que tener los dedos largos y flacos, ser joven, poseer un talento innato o una disposición; en realidad lo podemos aprender todos y concebir al instrumento musical como un compañero de vida, que es lo que yo he experimentado por años”, dice.

Hoy, Gabriel tiene una maestría en Innovación Educativa y, desde hace 20 años, trabaja en su academia de música Amadeus Arte Divertido, ubicada en Lomas de Chapultepec.

Su próximo proyecto es el taller Piano para todos, que iniciará en mayo en el Conservatorio Nacional; se trata de un curso de inclusión en el que se eligió a 10 personas con discapacidad con el objetivo de prepararlos para que puedan hacer su examen de selección.

Entre los sueños de Gabriel están que todas las escuelas de iniciación artística tengan programas de inclusión y que esa práctica se ponga en marcha en al menos una escuela en cada estado.

“Me gusta pensar que no estudiamos música ‘para mejorarnos’ o ‘para cambiarnos’, sino porque es un placer que tenemos todos, no importa si somos jóvenes o viejos, y lo único que yo hago es romper el paradigma para que acceder a la música de verdad sea para todos y no solo para quienes les dicen que tienen sensibilidad o talento”.

Sentido de pertenencia

“Yo no intento curar a nadie”, aclara Gabriel una y otra vez, “estas no son terapias, es una forma de compartir con los chicos lo que yo amo: hacer música”.

Por eso mismo asegura que no le gustan las etiquetas y que considera que hablar de “personas con discapacidad” es señalarlos como diferentes; sin embargo, es consciente que solo reconociéndolos es como se podrá lograr la igualdad.

“Me siento más cómodo con la forma en la que se le llama en las investigaciones científicas: en ellas se habla de diversidad funcional, y ahí también entro yo”, asegura. “Me da ese sentido de pertenencia que encuentro cuando estoy con ellos”.

Gabriel duda cuando le preguntan si da clases para mejorar la vida de quienes viven con discapacidad, cree que más bien lo hace por él.

“Se siente hermoso estar en un mundo en el que nadie te hace menos, en el que eres tú mismo y te ayudan a afrontar tus miedos”, dice. “Me encanta pertenecer a un mundo en el que hay inocencia, en donde hay verdad”.