La química de la danza

Cerebros que danzan

El arte y la ciencia no podrían estar más vinculados. El ciclo de conferencias “Neurodanza y Neuromúsica” busca mostrar la conexión entre nuestro cerebro y el acto de danzar o bailar

En tu día a día, ¿cuántas veces mueves tus pies de manera inconsciente? Ya sea que estés sentado en el trabajo o esperando impaciente el Metro, estos movimientos se presentan de manera espontánea y, sobre todo, rítmica. El ritmo surge de forma tan natural que pasa desapercibido, pero en realidad es una herencia evolutiva que no se presenta en ninguna otra especie animal.

Este gusto por la danza ha despertado el interés de la investigación científica desde sus múltiples implicaciones: kinestésicas, musicales, fisiológicas, sociales y cognitivas. Uno de ellos, en particular, muestra las características y consecuencias menos imaginadas del baile, como su capacidad de ser un cohesionador social o de mejorar la concentración y atención de quienes la practican: se trata de la neurociencia, futura protagonista de un ciclo de conferencias en la Ciudad de México.

Un encuentro entre ciencia y arte

Pensar en la relación de la ciencia —rígida y metódica— con el arte —subjetivo y expresivo— resulta imposible; sin embargo, como el neurobiólogo Semir Zeki, fundador de la Sociedad Internacional de Neuroestética establece: “El arte obedece las leyes del cerebro”, por lo que cualquier producción cultural es una extensión de los procesos mentales.

Aunque el camino para entender la psique de grandes como Anna Pavlova, la famosa bailarina de ballet rusa, aún es largo, los avances de la neurodanza permiten conocer el funcionamiento del cerebro en el proceso creativo del artista y la recepción estética por parte del espectador; y su estrecha relación cognitiva.

La neurociencia tiene el potencial de unificar diversos dominios en esta disciplina, incluyendo el control motor y rítmico, el contacto corporal, el aprendizaje por imitación, la producción gestual, la expresión emocional y el juego de roles teatral, además de que es posible constatar algunos de los beneficios de la danza que pueden reducir el deterioro de las funciones cerebrales asociadas con el incremento de la edad.

Evolución conjunta

Generalmente, la danza se define como una forma de movimiento que requiere la planificación y ordenamiento de diferentes pasos, para lograr sincronía con un ritmo determinado. Pero esta caracterización, pese a ser correcta, se encuentra incompleta, pues uno de los elementos esenciales de la danza es su capacidad de representación e imitación.

Gracias a ello se puede entender a dicha expresión artística como una forma temprana de lenguaje, aspecto que los actuales estudios en neurodanza, como aquellos realizados por Lawrence Parsons, parecen confirmar. En ellos se evidencia la activación de regiones cerebrales homólogas a las de producción del habla.

Este tipo de hallazgos han motivado a investigadores como Francisco Gomez-Mont Avalos Levy a replantearse la evolución desde la dualidad entre cuerpo y cerebro. Para él, resulta necesario reconsiderar la importancia del movimiento en la actualidad para restablecer un equilibrio en el cual la estimulación intelectual encuentre un balance con su contraparte física, “porque tanto el cuerpo como el cerebro evolucionaron en conjunto para garantizar la supervivencia del ser humano”.

Tal equilibrio podría resultar incluso en terapias dancísticas contra las adicciones. Acorde a las investigaciones de Julia Christensen y Beatriz Calvo-Merino, este ejercicio activa dos estructuras de manera simultánea: la primera, del placer, se vincula con la dopamina y las amígdalas; la segunda, con la oxitocina y las ínsulas, perteneciente a un sistema eudemónico de autorreflexión.

Un bien común

Los bailarines no son los únicos que se benefician con esta expresión artística. La exposición a la danza tiene ventajas intelectuales que perduran en el tiempo y son útiles para otras actividades. La danza demanda un tipo de coordinación interpersonal en espacio y tiempo que se adquiere como una habilidad natural de la capacidad para aprender patrones y estructuras. Se trata de una sintonía emocional y social, incluyendo la empatía, la cooperación y la identidad social.

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Antes de la ciencia, la alquimia reinaba como la principal forma de llegar a un conocimiento. Intentaba convertir al ser humano en oro —pero no literalmente—, dotado de sabiduría y paz espiritual, de manera similar las neurociencias buscan “convertir en joyas” las ejecuciones artísticas: vinculado los procesos físicos, mentales y emocionales.

Esta relación será abordada en el ciclo de conferencias “Neurodanza y Neuromúsica” que se llevará a cabo el 3 de octubre y 21 de noviembre a las 12:00 en el Aula Magna José Vasconcelos del Centro Nacional de las Artes. La primera, “Emociones, músicas y cerebros”, hablará sobre los procesamientos cerebrales involucrados en la danza, así como su carácter sagrado en tiempos originarios, el proceso creativo y la sincronización de sus espectadores. Y en la titulada “De la enactividad a la inteligencia artificial”, serán analizadas las redes producidas en este ejercicio y apoyados en estudios de inteligencia artificial explorarán el uso de tecnologías para extender el espacio corporal del artista del movimiento, así como sus canales perceptuales.

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Periodista en formación y narradora de historias cotidianas por vocación. Twitter: @dsaavi