Con ritmo incansable

orígenes de los ángeles azules
Foto: Cortesía Ocesa

Sus días transcurren de gira en gira… La vida de los Ángeles Azules está lejos del solaz y el caviar. Platicamos con ellos antes de su concierto el jueves en el Auditorio y su paso en abril por Coachella. 

Cuando escuchó los gritos, creyó que iba a morir. Minutos antes del despegue, Jorge Mejía Avante, acordeonista y compositor de Los Ángeles Azules, preguntó a sus hermanos si estaba temblando. Pero no: era el viento lo que sacudía el avión como si fuera un barco a mitad de la tormenta.

Una noche antes, el sábado 13 de enero, Los Ángeles Azules habían tocado su repertorio de cumbias románticas frente a unas 10 mil personas en la fiesta patronal de Cojutepeque, en El Salvador: el primer concierto del año. ¿El primero de cuántos? Desde hace más de 20 años, Los Ángeles Azules suelen tener alrededor de 20 presentaciones al mes. Su vida es lo que sucede entre hoteles, ferias, aviones…

Por ello, cuando Jorge Mejía sintió las sacudidas de aquel aironazo salvaje a unos segundos de dejar la pista y escuchó la alarma que ordenaba abortar el despegue y los gritos —”¡nos vamos a voltear!”—, pensó tranquilamente: “ya nos tocaba”. Para Los Ángeles Azules no sería raro morir dentro de un vehículo con alas. Dios no lo quiera.

De cumbia en cumbia

Casi cinco horas de entrevistas, mesas redondas y fotos con la prensa, pero Los Ángeles continúan impecables. Ellos con traje plateado, ellas con vestido de gala. Hoy, un día después de aquel vuelo angustioso, los hermanos Mejía —Lupe, Cristina, Alfredo, Elías, Pepe, Jorge— son puro glamour.

“La gente no sabe… —se queja Pepe Mejía, timbalista—. ‘¡Uta, han de comer puro caviar!’, te dicen. Ayer llegamos casi en la noche de El Salvador y yo no había ni desayunado. Me tuve que llenar con galletas y agua, nomás pa’ amanecer. Y así es siempre, ¿eh?”.

Con más de 30 años de historia, Los Ángeles Azules han tenido que forjar su propio mito. Antes de que Ocesa Seitrack los “rescatara” del olvido, los pusiera a grabar con Ximena Sariñana y a presentarse en el Vive Latino, ya habían recibido ovaciones en el estadio Luna Park en Argentina, en el Dodge Stadium de Nueva York o en la Plaza de Toros México. Antes de que la nostalgia kitsch y un nuevo furor por la cumbia los convirtiera en ídolos, ellos ya conocían el cielo.

Para ello, sin embargo, debieron soportar ser estafados por empresarios que les prometían las estrellas y al final no pagaban; tocar en cada una de las ferias populares de México; pasar la Navidad o el Año Nuevo en medio de la selva, sin señal de celular ni contacto con el mundo después de dos o tres horas de cumbias; vivir una vida nómada, sin descanso, lejos de su familia, para tocar en pueblos remotos.

“Hubo un mes en que hicimos 25 fechas —cuenta un miembro del staff que renunció hace unos años a la agrupación—. Tú llegas al hotel después del concierto, te das un baño y enseguida al aeropuerto porque el vuelo es a las seis. Ellos (los hermanos Mejía) siempre viajan en avión, pero los músicos y el staff nos vamos por tierra a veces: son cuatro o cinco horas de dormir en una cama dentro de una camioneta. No creo que haya muchas agrupaciones con ese ritmo. Por eso son Los Ángeles”.

Vida en familia

Los hermanos Mejía Avante se han hecho de casi una manzana entera de la colonia La Era, en Iztapalapa. Cuando no están de gira por algún rincón del país o Latinoamérica, aquí pasan tiempo con su familia, y si aún quedan energías, ensayan nuevos arreglos.

Pero fue a cinco kilómetros de distancia, pasando el Cerro de la Estrella, en el Barrio de San Lucas, donde comenzó todo. En este lugar aún asolado por la delincuencia y la escasez de agua, la música no era un arte, sino una forma de sobrevivencia. La leyenda ha sido contada mil veces: Martha Avante, la madre de los seis hermanos, fue quien empujó a sus hijos a tocar. “En las fiestas al menos les darán de comer”, les dijo.

Supersticiosos y católicos hasta la médula, Los Ángeles son también una institución familiar. Además de los hermanos Mejía Avante, a la agrupación se han sumado un puñado de hijos o sobrinos del mismo clan, como músicos o como parte del staff.

Hoy, Martha Avante continúa siendo la “dueña” del grupo. Aunque ya no puede acompañar a sus hijos a cada tocada ni cuidarlos de los malos hábitos, prende una veladora cada que parten de gira, los reprende cuando no le parece lo que dijeron en alguna entrevista, escucha los ensayos desde su cocina, los instiga a estar unidos siempre.

“Si salimos de madrugada —cuenta Lupe Mejía, encargada del piano y del guache—, mi madre nos marca de inmediato: ‘¿Por qué no pasaron a despedirse? ¿Se están peleando otra vez?’. Gracias a mi madre, a su creencia en Dios, es que estamos aquí”.

En más de un sentido, Los Ángeles Azules son creación de esa mujer severa de 92 años.

¿Cuál crees que sea el punto débil de Los Ángeles Azules?, le pregunto a uno de los músicos que conformaban la orquesta.

“La ejecución en vivo. Salvo Jorge y Alfredo, la verdad es que los hermanos no son grandes músicos. Pero eso no importa: ellos tienen una manera única de jugar con el tiempo, de alentarlo, retrasarlo. Tienen tres décadas tocando las mismas canciones, las mismas cáscaras, y saben que la cumbia genuina no es perfecta. Tiene defectos, es como el barrio”.

NUMERALIA

27 discos han grabado Los Ángeles Azules a lo largo de su trayectoria.

35 años tienen Los Ángeles Azules tocando de manera ininterrumpida.

120 mil copias vendidas de su último álbum les valió un Doble Disco de Platino.

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