El último de los náhuatl

El indígena Alberto Castro pertenece a un movimiento para salvar esta lengua. Si desaparece, dice, perderemos cultura.

Alberto Castro nació y creció entre dos mundos. En uno aprendió la lengua de sus antepasados, el náhuatl. En el otro, dominado por el español, tuvo que ingeniárselas para defender sus raíces.

Hoy tiene 32 años y forma parte del 1.5% de habitantes de la Ciudad de México que hablan alguna lengua indígena. De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), esto equivale a unas 134 mil personas, de las cuales alrededor de 40 mil tienen al náhuatl como su lengua materna.

De tez morena y ojos grisáceos, Alberto nació en Milpa Alta. Esta delegación del suroriente de la capital del país es la que concentra la mayor cantidad de indígenas, y a ella le siguen Tláhuac, Xochimilco, Tlalpan, Magdalena Contreras e Iztapalapa.

Su madre, de origen mazahua, y su padre, náhuatl, llegaron ahí desde el Estado de México. Tras establecerse, criaron seis hijos en un paisaje formado por bosque, montes y volcanes dormidos.

Alberto es el mayor de sus hermanos y cuenta que fue su abuela paterna, Natalia, quien le enseñó náhuatl, una lengua que se ha esforzado por difundir y defender de la discriminación y el olvido.

Desde que era niño, recuerda, ha visto cómo los hablantes de esta lengua son orillados a dejar de lado sus raíces.

Así ocurrió con su propia abuela y otros mayores, quienes “dejaron de hablar su lengua original y la suplieron por el español para evitar que sus descendientes siguieran pasando vergüenza y fueran señalados por los demás”, dice.

Cuando iba a la escuela primaria, por ejemplo, él y sus hermanos eran discriminados por maestros y compañeros, mientras que sus padres tuvieron que cambiar su forma de vida y salir de su entorno para poder trabajar.

“Viví carencias económicas igual que otros, pero mi color de piel y mi forma de hablar empeoraban todo. ‘Ahí va el totonaca’, me gritaban. No sabían que yo no pertenecía a esa cultura, pero lo decían con la intención de denigrarme, como si realmente fuera un insulto”, comenta Alberto.

A varios años de distancia, las cifras indican que se mantiene la situación de desventaja de la población indígena. De acuerdo con la Encuesta sobre Discriminación de la Ciudad de México, elaborada por el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación local (Copred), los indígenas son el grupo más discriminado dentro de la capital.

Según la medición, nueve de cada 10 encuestados los consideraron las personas más vulnerables, una situación que se agrava si la persona en cuestión tiene otras características como ser pobre, tener piel oscura o carecer de estudios.

Milpa Alta tiene una población de 130 mil personas, alberga 12 pueblos originarios y, a pesar de ser la principal abastecedora de productos primarios de la ciudad, es la demarcación con más alto nivel de marginación, de acuerdo con datos del Plan de Desarrollo Delegacional.

“La lengua mexicana”

Frente al hecho de encontrarse entre dos mundos —el de su hogar y el de la sociedad urbana—, durante la adolescencia Alberto empezó a cuestionarse sobre qué debía hacer, cómo debía actuar y qué camino debía tomar para encontrarse a sí mismo.

Y fue así que, cuando su abuela perdió la memoria, comenzó a recorrer comunidades aledañas en busca de personas que siguieran fomentando el uso del náhuatl.

En el poblado milpaltense de Santa Ana Tlacotenco, por ejemplo, halló a un grupo de ancianos que enseñaban la lengua de forma gratuita, con el único propósito de evitar que desapareciera.

Tras observar este ejemplo, Alberto se planteó la meta de llegar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para impulsar medidas que evitaran que otros niños fueran discriminados por su color de piel o forma de hablar, pero se dio cuenta de que antes tenía un largo camino que cruzar.

Entonces, cursó la carrera de Arte y Patrimonio Cultural en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y, aunque muchas veces no ha tenido éxito, empezó a buscar medios y espacios para preservar el náhuatl.

“He tocado puertas en todos lados en búsqueda de apoyo institucional para reforzar la difusión y el aprendizaje de esta lengua que es nuestro patrimonio, que tiene más valor que tener negocios y dinero, pero desafortunadamente el interés es muy poco y estoy prácticamente solo difundiendo de dónde venimos”, dice.

A la fecha, tiene seis años dando clases a niños, jóvenes y adultos. Muchas de ellas las imparte de forma gratuita porque, asegura, es su forma de retribuir lo que él mismo recibió como legado.

Y también, sostiene, porque cree que de esa manera pone de su parte para salvar “la lengua mexicana”, conformada por palabras que describe como suaves, sonoras, pausadas y, a la vez, un fragmento clave de la historia del país.

“El que no conoce no ama y el que no ama no defiende”, dice Alberto, y al recordar a los viejos que lo inspiraron en la adolescencia agrega: “Ahora ellos están falleciendo y yo estoy tomando su bandera”.

En cifras

  • 55 de las 68 lenguas indígenas que hay en México se hablan en la capital, según cifras oficiales.
  • 134 mil habitantes de la ciudad hablan alguna lengua indígena, de acuerdo con las estadísticas.
  • 30% habla lengua náhuatl, lo que equivale a alrededor de 40 mil 200 ciudadanos.