El Abuelo Simpson

Opinión
Por: Antonio Ortuño

Hace unas semanas el New Yorker publicó un cartón en el que se ve a un tipo al que le estalló la cabeza. El médico que lo revisa se limita a suspirar: “Otro cuarentón que quiso entender el Snapchat”. La conclusión suena desoladora porque este año cumplo 40. Hay mundos virtuales enteros que me excluyen por definición. Al menos queda el consuelo de que me conformo con las redes sociales que le corresponden a un adulto de mi calaña y no trato de engrosar las filas de los llamados “chavorrucos”.

No todos piensan así. Algunos creen que pueden dar el salto de garrocha generacional y lucirse en “cosas de chavos”. Los resultados generalmente son grotescos. Unos amigos me mandaron la semana pasada un video en el que se ve a un tipo de nuestra generación que decidió lanzarse al ruedo del fenómeno youtuber y balbucea comentarios ante una camarita. Digamos la verdad: se ve muy triste. Los youtubers son, en su inmensa mayoría, gente joven. Algunos de ellos les parecen seres guapísimos a sus multitudes de fans. Otros son considerados el colmo de la diversión. Unos, incluso, fungen como gurúes en temas que van del consumo cultural a la psicología. En fin: allí hay carisma, belleza, inteligencia (no digo lo que creo o no, sino lo que piensan los millones que los siguen). Tristemente, ni el cuarentón de marras ni casi ninguno de esos fulanos pagados por ciertos poderes para encabezar “campañas virales” coinciden con esos supuestos, y los pocos cientos de visitas que registran sus videos dan testimonio de que no están en onda (por citar al Abuelo Simpson).

Los verdaderos youtubers se cuecen aparte. El mes pasado, por azar, coincidí en visitar dos ferias del libro en donde se presentaría el chileno Germán. En Bogotá reunió una multitud que superaba ampliamente a la fila de quienes queríamos oír las palabras de la Premio Nobel Svetlana Alexievich. Tanta gente fue a ver a Germán que la feria colapsó y hubo que cerrar las puertas para evitar estampidas humanas. En Buenos Aires se agotaron los lugares para ver su acto, y eso que quienes desearan presenciarlo debían pagar un fuerte añadido al precio de entrada. Los pasillos hervían de púberes, de uno y otro sexo, eufóricos porque iban a conocer a su ídolo. A mí no me hace la menor gracia Germán, aclaro, pero a varios millones sí.

Seguro que alguien se prepara a enviarme el caso de algún youtuber de la tercera edad o alguien de mi generación con más gracia que la del espontáneo que referí. Me queda claro que existen excepciones. Pero también es evidente que los jóvenes no se quedaron sentados esperando que les dijéramos que cosas debían o no entusiasmarlos y tomaron sus decisiones. La digitalidad explota la compartimentación: no está previsto que ciertas personas irrumpan en los terrenos de otras. Esto puede ser muy discutible pero sucede y entenderlo ayudará a que no hagamos la enorme cantidad de ridículos que están haciendo algunos viejos para intentar, ay, ponerse en onda.