Sobrevivir a la red

Cada visita a un portal informativo se ha vuelto una garantía de depresión. Las noticias de la ciudad, del país y del mundo nos exceden. Nos mandan, con alarmante frecuencia, a la lona anímica. Nos abaten con su multiplicación de masacres, represiones homicidas, hogueras y confusión general. Nos derrumban con la foto de un oso polar famélico de pie sobre el último hielito de un glaciar, con la mano crispada de un niño muerto en Siria, Francia o Tamaulipas. Catástrofes naturales y vilezas humanas, fanatismos rampantes de toda coloratura, corrupción pública y privada. Y, coronándolo todo, un despliegue de hipocresía y de puritanismo asombroso. Ya sean defensores a ultranza del statu quo o sus inquisidores radicales, en columnas, redes y entrevistas miles de iluminados por la verdad llaman al combate desde la seguridad de un escritorio o un aula (todo mundo puede ser Torquemada o Robespierre en Twitter), bien lubricados por jugosas prebendas o por la esperanza de tenerlas. Y aunque saben, me parece, que no engañan a nadie, dan la batalla como si lo hicieran. Total que informarse es, por estos días, padecer.

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Hay momentos o épocas en que pareciera mejor dar un paso al costado. Cambiar la red por los libros y los paseos callejeros. La información “en tiempo real” nos proporciona la ilusión de que todo lo que importa en el mundo está contenido en ella y que abandonar la atalaya desde la que la contemplamos equivale a una vergonzosa escapatoria o la rendición. Es, desde luego, una idea falsa. El mundo dio muchas vueltas antes de que las redes sociales se establecieran como una suerte de versión condensada de la realidad (y, peor, como la primera fila en la trinchera de la misma). Encadenar la posibilidad de una vida inteligente a la obligación de acampar 24/7 en la red es un sofisma: como las redes son una parte importante de la actualidad, sólo en las redes se puede ser “actual”. Y no.

Las redes, como tales, no han sido todavía cuna de ninguna idea fundamental para el planeta. A lo mucho han sido una plataforma (una más) para difundir un montón de ideas que ha tenido la gente en otros momentos y lugares. El problema no es que haya gente que piense que los tuits son un nuevo género literario porque se durmió el día que hablaron de los aforismos en su clase de español: el problema es que actuemos como si fuera verdad y el futuro del mundo se estuviera dirimiendo en Facebook o Instagram. No es así. El futuro vendrá del trabajo lento y paciente de científicos en laboratorios y de los largos ratos de silencio y reflexión de pensadores en cubículos (o en bancas de la calle) y no de los post de nadie. Informémonos, pues, pero evitemos indigestarnos de información.