Frases de bronce

Si por algo ha destacado el actual gobierno federal es por legarnos una cantidad sobresaliente de frases para enmarcarse. Frases, desde luego, poco favorecedoras para el gobierno en sí y los funcionarios que las pronunciaron. Desde el “Ya me cansé” y “Esta es la verdad histórica”, del exprocurador Murillo Karam, pasando por el “Vengo a aprender”, del resucitado Luis Videgaray y “En crisis no se renuncia”, de Osorio Chong, hasta llegar a esas cúspides de la mala comunicación que son las inolvidables: “La corrupción es cultural”, “Ya sé que no aplauden”, “¿Ustedes qué hubieran hecho?” y “Un presidente no se levanta pensando cómo joder a México”, del presidente Peña Nieto. Podríamos seguir casi infinitamente, pero me parece que el punto ya quedó claro: el sexenio ha sido un festival de citas desastrosas.

El problema detrás de estas tonterías no es la falta de elocuencia o la ineptitud retórica del equipo de gobierno. Hay algo peor: lo que significa la multiplicación de frases que pretenden ser de bronce y no pasan de chiste involuntario es el hecho incontrovertible de que en el gobierno escasean las ideas. Que no hay rumbo ni dirección.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE ANTONIO ORTUÑO: DINOSAURIOS Y DIAMANTES

La presidencia de la República empeñó todo su capital político en una serie de reformas que fueron aprobadas con facilidad, pero cuya aplicación ha sido poco menos que calamitosa. Prometieron mejorar la educación y lo único que hicieron fue darle un escobazo al avispero magisterial (la reforma educativa, por cierto, no toca la educación en sí, sino solamente el régimen laboral de los profesores). Prometieron que bajarían los precios de los combustibles y los servicios de energía con la reforma energética y lo único que han hecho es subirlos y comenzar a ofrecerlos a la venta. Prometieron limpiar la administración pública y se han hundido en denuncias de corrupción, favoritismos, sobrecitos y casas inexplicables. Prometieron, en fin, “restaurar” la paz social, rota por la guerra contra las drogas, y lo que han hecho es desempolvar el viejo garrote priista y actuar con autoritarismo rampante (la violencia social crece, pero los macanazos oficiales se concentran en las protestas). Prometieron defender la democracia y lo que han hecho es pagar ejércitos de bots en las redes, infiltrar porros en las manifestaciones y hacerse patos ante los atropellos de cavernarios como Duarte y compañía.

El discurso oficial ha pasado del “Ya supérenlo”, de Ayotzinapa, al “Lo bueno casi no se cuenta pero cuenta mucho”. El problema es que nadie sabe qué es lo bueno de este sexenio. La economía va en picada, el dólar se ríe de los pobres ahorradores, la inseguridad y el delito campean. Quizá la única parte positiva sea que ciertos puntos de la agenda social (el matrimonio igualitario, verbigracia) avanzaron. Pero eso no fue por mérito del gobierno sino de diversos grupos sociales que lo impulsaron. La derecha, por su parte, se reagrupa y se apresta para lanzarse incluso contra ese mínimo logro. He allí la peor herencia que dejará este sexenio: un panorama desolador para 2018.

Compartir
Artículo anteriorVolver al estilo Jalisco
Artículo siguienteCárdenas y Peña: crisis petrolera
Escritor mexicano nacido en Guadalajara. Autor de las novelas "El buscador de cabezas", "Recursos humanos", "Ánima", "La fila india" y "Méjico".