¿Peña aprendió la lección?

El video ha sido muy visto: el candidato presidencial Enrique Peña Nieto comparecía ante conductores de Televisa, en el desaparecido programa Tercer Grado, quienes le preguntaron si era posible que el PRI se renovara.

Peña no pudo tener peor puntería. Mencionó por su nombre a tres jóvenes gobernadores, como ejemplo de la capacidad de su partido para cambiar: Javier Duarte (Veracruz), Roberto Borge (Quintana Roo) y César Duarte (Chihuahua). Mala puntería, porque son los tres mandatarios que han sido acusados de corrupción y cuya imagen está tan a la baja, que fueron factor determinante para que su partido perdiera las elecciones.

Valdría la pena que el ahora Presidente hiciera una autocrítica de aquellos dichos. Sería útil saber en qué falló y por qué permitió, desde Los Pinos, que los tres tuvieran gestiones marcadas por la corrupción, el endeudamiento y la violencia. Por qué no pudo desmarcarse de ellos y empujar una investigación que frenara el desastre de sus administraciones.

Pero también que diga si hoy sigue confiando en la capacidad del PRI para encontrar nuevos perfiles.

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¿Habrá aprendido la lección? No creo. Porque no está de más recordar que, hace apenas unos meses, él impulsó la candidatura de Alejandro Murat, que ahora será el gobernador de Oaxaca. Hablamos de un político con un perfil peligrosamente parecido a las tres estrellas mencionadas: Murat, propietario de casas y departamentos propios de un millonario, no tuvo empacho en autoasignarse un salario de 800 mil pesos mensuales cuando fue director del Infonavit.

O quizá pueda decirse que apenas ahora aprendió la lección y por eso impuso como nuevo dirigente del PRI a Enrique Ochoa, un no-priista, con ese perfil que antes se calificaba de “tecnócrata” y que se avergonzaba de su militancia hace pocos años.

Ochoa, recordemos, negó ser militante del PRI cuando quiso, en 2011, ser consejero del máximo órgano electoral.

Pero apostar por un no-priista, por supuesto, no prueba que aprendió la lección. Hace falta mucho más.

La esperanza para él y su partido es que haga pagar a los tres gobernadores salientes (no funcionarios menores).

Y luego tendríamos que ver pruebas de que esa revisión seguirá en el gobierno federal, no con investigaciones a modo, como la que se hizo con el caso Casa Blanca.

Suena difícil. Incluso suena ilusorio. Pero no veo otro camino para que su partido y su propia gestión recuperen algo de la credibilidad perdida y nos demuestre que ha entendido que la corrupción -en todos los niveles- es el reto más importante que enfrentamos.