La teoría sueca del amor

Suecia es un lugar común que refiere a todo aquel que lo invoca al paraíso de la civilización. La experiencia de visitar el país casi refuerza el estereotipo. Si bien el embate del modelo neoliberal ya muestra sus efectos (por ejemplo, en la industria del libro dos empresas dominan más de 80% de la producción y venta de libros), el sistema de bienestar que le procura educación, vivienda, salud y seguridad a sus habitantes no tiene parangón en el mundo. No obstante, esta sociedad cuasi perfecta esconde detrás de su pulcra maquinaria una lúgubre realidad para sus habitantes.

Recuerdo una conversación con un grupo de editores de distintas partes del mundo durante una feria del libro en Gotemburgo, Suecia, en la que los representantes de países, digamos, menos desarrollados narrábamos nuestras respectivas experiencias luchando en el transporte público a la hora pico. Un coreano recordaba los escudos que utiliza la policía para atestar los vagones hasta la asfixia, la brasileña explicaba cómo en realidad para ella era mejor subirse cuando los vagones iban a tope porque las manos de los acosadores no tenían espacio para hacer de las suyas. “En cambio —dijo nuestro anfitrión— cuando yo me voy a subir a un vagón miro hacia mi izquierda y no veo a nadie, miro hacia mi derecha y no veo a nadie y me subo deprimidísimo a bordo”.

El documental The Swedish Theory of Love [La teoría sueca del amor], parte de la programación del Festival Ambulante 2016, ofrece una teoría para explicar por qué los suecos, epítome de la sofisticación y la civilidad del mundo occidental, son esencialmente una nación deprimida. En los años setenta un movimiento ideológico y político propugnó la idea de que, alcanzada casi la perfección del modelo de desarrollo social en términos del estado de bienestar de aquella nación, era momento de darle otra vuelta a la tuerca y transformar los fundamentos de las relaciones humanas para que todos y todas, hombres, mujeres, de la tercera edad o en la infancia temprana, pudieran alcanzar el valor único y último al que todo ser humano debe aspirar: la libertad. Para ello era necesario disolver cualquier forma de coaxión vinculante con los otros: el matrimonio, la familia, cualquier tipo de modelo que ejerciera una obligación debía ser aniquilado para que los seres humanos pudieran, en base a un libre albedrío absoluto, decidir qué, cómo, cuándo y hasta dónde querían relacionarse con los otros.

Como resultado los suecos tienen una de las sociedades más solitarias del planeta. “Nuestro gobierno nos ofrece seguridad, que no es lo mismo que felicidad”, explica uno de los testimonios de la cinta para tratar de entender cómo es que la mitad de la población vive sola o cómo es que el gobierno tuvo que montar una oficina encargada de lidiar con los casos de las personas que mueren en su casa sin que nadie lo advierta (en la película hay ejemplos como el de un hombre rico cuyo cadáver yació dos años en su departamento antes de que alguien lo descubriera).

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El contrapunto de la película lo ofrece un médico sueco que decide abandonar esa multitud de Robinson Crusoes que es Suecia para probar suerte en una de sus antítesis: Etiopia. Ahí, el médico tiene que ingeniárselas para practicar medicina sin instrumentos o equipo. Tiene que echar mano de todo lo que está a su alrededor (los rayos de una bicicleta, los anillos metálicos que atan las mangueras, las pequeñas cintas de plástico que se utilizan para asegurar las maletas) para poder tratar a pacientes con gravísimas lesiones (como un hombre que aparece en la cámara con una lanza atravesándole el abdomen). A pesar de la espeluznante precariedad el médico no titubea cuando se le pregunta dónde es más feliz. “Aquí uno nunca está solo. Si estás enfermo, la gente te cuida, si mueres, la gente te acompaña y te guarda luto”, explica, demostrando que el individualismo, uno de los instrumentos de desarrollo centrales en nuestro tiempo, conlleva una condena que se enquista en el alma de la civilización enfermándola gravemente.

A pesar de que el presidente Peña Nieto haya expresado su desconcierto ante el “mal humor” de los mexicanos —vaya usted a saber qué parte de las desapariciones forzadas, la impunidad atroz ante la corrupción, el aire irrespirable de ciertas ciudades, la epidemia de cadáveres descuartizados que aparecen a lo largo y ancho del territorio, qué parte de todo esto no nos parece jocoso—, México tiene, por ejemplo, una tasa de suicidios (4 por cada 100 mil habitantes) drásticamente menor a la de los suecos (13.6 por cada 100 mil habitantes).

De esto no podemos desprender, por supuesto, una apología de la pobreza. Si podemos, en cambio, hacer un alegato a favor del principio de comunidad como instrumento para procurar condiciones para aspirar a una vida en armonía. Si el entorno es propicio para la felicidad, la comunidad puede ejercer su derecho al goce; si no lo es, como en nuestro caso, la comunidad puede —y debe— congregar sus voces para exigirlo.

 

 

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Es parte del consejo editorial de Sexto Piso y de "La Ciudad de Frente".