El odio es lo de menos

Sus piernas bajo las medias negras daban un paso, y otro y otro, rotundos como si cada uno de ellos fuera un flechazo al corazón de los alumnos que la contemplábamos trepados en los edificios. La primer mañana que la vi le pregunté al destino: “Si un día nuestro amor cristaliza, ¿cuánto durará?”. “Será eterno”, me contestó el destino en una explanada de la UNAM un 12 de octubre. Sí, justo el lunes en que el descubrimiento de Colón cumplió cinco siglos, con 18 años creí descubrir al amor de mi vida.

Diecisiete años después, tras crear esa mujer y yo una hijita con hoyuelos en las mejillas, supimos que aquel día de 1992 el destino mintió. En el triste pasar de nuestras horas finales, quería huir unos días del país. Miré un mapamundi resuelto a internarme en polvo, silencio, rocas. Un desolado paisaje sería mi morfina curativa, mi flagelo redentor. Buscando aires como los de mi ídolo Blondie en El Bueno, El Malo y El Feo, señalé un manchón café del sur de Estados Unidos: El Gran Cañón.

Por cielo y tierra fui acercándome semanas más tarde a Williams, el pueblito más próximo a ese portento geológico de cordilleras de piedra. Una helada mañana de noviembre al fin llegué a ese sitio de Arizona. Cargado de dolor pero ligero de equipaje, bajo un cielo que se extendía azul hasta el horizonte vi a tres o cuatro vaqueros que vagaban sobre la Ruta 66. Hambriento, pedí en el Old’s Smoky’s unos huevos fritos con papa hash brown y pan tostado, y a todo, pero todo, lo bañé de salsa Gunslinger: yo también era un vaquero áspero dispuesto a soportar terribles azotes aunque mi paladar se incendiara con el chile capsicum annuum (ha-la-pe-ñou para los vaqueros).

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Deambulé el día entero en ese paraje del Viejo Oeste; a la mañana siguiente un tren me llevaría a mi anhelado Gran Cañón. La noche previa a mi salida, me derrumbé como cadáver en la cama del Motel 6. Mientras mi corpulencia vaquera recuperaba su brío, me recriminé con acento arrastrado: “Night is long. You need beer”. Me incorporé y avancé con jeans y paso seguro en la oscuridad de calles con antiguas casuchas western, hasta que me hizo guiños una lucecita de la que nacía un lamento country: quizá Willie Nelson cantaba en una rockola con paliacate y guitarra.

Seguí la luz y llegué. “The Long Horn Saloon”, anunciaba un bar de madera pintada de azul con columnas rojas en un porche donde hace dos siglos debió reposar un sheriff la tarde de un domingo sin bandidos. Entré.

Sentado en la barra eché una mirada. Blancos por todos lados. Blancos balbuceando sandeces etílicas al cantinero, blancos tambaleándose hacia el baño, blancos aniquilados con la quijada sobre las mesas, blancas bailando descompuestas. Blancos con botas y camisas raídas, inflamadas narices y cachetes de venas rojas heridas por la cuperosis alcohólica. Blancos gritando cosas al aire, dirigiéndome alguna frase incomprensible a mí, el forastero. No bebí más que un tarro en el bar irrespirable, volví a dormir y a la mañana siguiente caminé hasta la estación de tren. En el trayecto vi homeless tirados sobre el asfalto y a otros seres miserables vagando sin rumbo. En el abandono, blancos todos.

Hace apenas dos meses busqué en el aeropuerto a mi tía Susana, maestra de matemáticas radicada en Estados Unidos desde hace casi 30 años. En el auto que iba sobre el Viaducto, en los minutos iniciales de su visita le pregunté por qué Donald Trump tenía tanto éxito: “Lo apoyan los blancos pobres”, dijo.

El miércoles que Trump se alzó como candidato del Partido Republicano a la presidencia, recordé esa frase, “blancos pobres”, y se me ocurrió poner en Google: “poverty white people usa”. En la primer página (The Henry J. Kaiser Family Foundation) surgieron los números de la pobreza gringa divididos por raza. Del total de pobladores de ese país, son pobres 24 % de los hispanos, 26 % de los afroamericanos y sólo 10 % de los blancos. ¿Sólo? Siete de cada 10 estadounidenses son blancos. Es decir, los blancos pobres son cerca de 24 millones. Paremos un segundo para intentar visualizar eso: 24 millones. Imposible. El volumen de pobres blancos es delirante.

La pobreza negra raya los 11 millones de personas y la hispana los 14 millones.

¿Por qué si la pobreza blanca es mayor en términos absolutos, conmueve más la pobreza de los otros grupos? En afroamericanos e hispanos -quizá porque han sido los eternos oprimidos- se concentra la compasión y la solidaridad social, el lente de los medios y, quizá, los mayores esfuerzos del gobierno.

Supongo que la atávica supremacía blanca ha hecho que en el imaginario planetario caigan en el olvido los blancos que en realidad no tienen una migaja de supremacía, como si la pobreza blanca fuera menos seria que la pobreza de un color distinto.

Los esclavos de piel clara no trabajan en campos de algodón molidos a golpes como sus hermanos negros lo hicieron hasta 1865, pero ahí están, recibiendo los tormentos del desamparo. Aunque sea mutante el color de la pobreza, la blanca se subestimó.

Y entonces, los efectos: hoy esos blancos se levantan del pavimento de ciudades y pueblos como Williams, para rendirse ante el abominable Mesías rubio que desde lo alto, a cambio del voto, les promete salvarlos a través del odio.

Y con tal de que haya salvación, si alguien les grita furioso que juntos son capaces de “Make America Great Again!”, para ellos el odio es lo de menos.

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.