Quién nos salva de los que quieren salvar al mundo

En el amplio estudio que realizó sobre Bono (U2), el periodista irlandés Harry Browne acuñó el término filantrocapitalismo para definir los proyectos filantrópicos de varios plutócratas globales que, en palabras de Browne, regresan a la sociedad con la mano izquierda un poco de lo mucho que se han llevado con la mano derecha. No es ningún secreto que varias de las inmensas fortunas del planeta se han hecho a costa de condiciones de trabajo rayanas en la esclavitud, depredación de recursos naturales, evasión de impuestos, prácticas monopólicas o contubernios extralegales con diferentes gobiernos. No obstante, muchos de estos filántropos (empezando por nombres como Trump o Clinton) tienen fundaciones dedicadas a poner su granito de arena para salvar al mundo.

Habida cuenta de que hoy en día cinco de las mayores fortunas en el mundo provienen de empresas dedicadas a la tecnología, el periodista Evgeny Morozov publicó en el periódico The Guardian un análisis sobre la forma en la que algunos de los grandes barones tecnológicos conducen sus esfuerzos filantrópicos en la actualidad. “Rockefeller gave away money for no return. Can we say the same for today’s tech barons?” [Rockefeller donaba dinero sin esperar nada a cambio. ¿Podemos decir lo mismo de los barones tecnológicos contemporáneos?], explica cómo, algunas empresas como Facebook han caminado hacia la filantropía simplemente extendiendo el espectro del núcleo de su negocio.

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La fundación de Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan, por ejemplo, ha destinado dinero a proyectos para impulsar la educación personalizada que desarrollan complejos algoritmos de análisis de la información (como los que usa Facebook) o a empresas como AltSchool, cuyo modelo de educación personalizada se ha transformado en un software que ahora se pretende licenciar en todo el mundo. “Lo que hoy pasa por filantropía es a menudo un esfuerzo sofisticado por hacer dinero”, dice Morozov que va aún más lejos cuando sentencia que “debemos de tener cuidado de no caer víctimas de una perversa forma del síndrome de Estocolmo, llegando a empatizar con los secuestradores corporativos de la democracia”. Al promover sus modelos educativos privados, se aseguran de crear laboratorios que lo mismo modelan la sociedad de acuerdo a la particular ideología corporativa de estas empresas que les permiten ampliar el rango de sus negocios. Esto en detrimento de los modelos de enseñanza pública que, además, tienen que padecer serios problemas presupuestales derivados, en parte, de que empresas como Facebook pagan 2% o menos de sus ingresos en impuestos. “Que no podamos diferenciar entre filantropía y especulación es un motivo de preocupación, no de celebración. Con las élites de Silicon Valley tan ávidas de salvar al mundo, tal vez deberíamos de preguntarnos quién nos salvará al resto de Silicon Valley”, concluye, de manera un tanto tenebrosa, Morozov.