Ahora hay que darle mordida al de la cámara

La policía chilanga me acaba de aplicar una que, por lo menos para mí, marca un antes y un después en materia de corrupción, una verdadera evolución de la mordida gracias a las nuevas tecnologías.

Iba en mi auto hace un par de días rumbo a mi programa de radio, seguro de que ese día sí circulaba y de que seguía correctamente todos los límites de velocidad y demás restricciones que han convertido al automovilista capitalino en un gazapo pusilánime, cuando dos policías en motocicleta me pidieron que me orillara.

Sorprendido y molesto acaté la orden. ¿Y ahora qué hice, oficial? ¡Iba a 45 miserables km por hora y si mi coche tocó la cebra peatonal fue porque ahí me agarró el alto!

–No trae la verificación, joven.

Flashback de emergencia: recuerdo que alguien–que no recuerdo quién chingados era– me iba a recordar cuándo tenía que pagar mi verificación, y evidentemente ¡no lo recordó!

–¡Ya la pagué! –respondí muy seguro, mientras internamente visualizaba la magnitud de mi pendejada.

–No está pagada, joven –me dijo el “policía bueno” mientras el “policía malo” hacía como que llamaba refuerzos–, no trae la calcomanía. Se le acaba de vencer el 30 de mayo.

En ese momento entré en una crisis emocional francamente deleznable. Le dije al oficial:

–¿Sabe qué? ¡Es el único maldito día que he podido circular en dos semanas y resulta que justo hoy me salen con esto! ¡Estoy harto de ustedes! Tenga mi coche, tenga las llaves, yo ya me voy.

Puse las llaves sobre el cofre del coche y empecé a caminar. Mi comportamiento era digno de una Lady o un Lord de los que ahora acaparan las redes sociales, debo aceptarlo, pero afortunadamente nadie estaba grabando video (creía yo, ingenuamente).

–Joven, no se ponga así, cálmese –me dijo el “policía bueno”–, no me puedo llevar su coche así.

–¡Lléveselo, se lo regalo!

–Ah!, ¿me lo regala?

–¿Y usted va a pagar todas las pinches multas y lo va a sacar del corralón?

–No, ¿ps qué pasó?

–¿Ah, verdad?

–Mire, cálmese, lo podemos ayudar –insistió el poli–.

–¡No quiero que me ayude, llévese el coche!

–Que se calme. No le conviene que nos lo llevemos. Le va a salir en más de 5 mil pesos sacar su coche. Mejor cálmese.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE FERNANDO RIVERA CALDERÓN: EL ARTE DE HACERNOS PENDEJOS

Hay palabras que son como mantras que permiten que uno entre súbitamente en la serenidad. “5 mil pesos” es una de esas palabras. De pronto vi que quizás el policía no era otro representante del sistema opresor, sino una víctima más de él, otro ladrillo más en la pared de la desigualdad y la opresión.

–¿5 mil pesos?,–pregunté por si acaso no había escuchado bien–.

–Mire, aproveche que soy buena onda. Se coopera para que mi pareja y no nos vayamos a cenar al “(nombre francés incomprensible)”, y si no vive lejos lo llevamos a su casa para que deje el coche porque ya no puede circular.

–¡No, pues qué buena onda me salió usted! ¿Ya vio lo que me está proponiendo?

–Además se tiene que mochar con el de la cámara.

–¿¿Qué??

El “policía bueno” me miró con algo de misericordia. Ejercitando su paciencia y señalando hacia arriba me explicó.

–¿Ya vio la cámara? ¡Salúdela!

–¡No quiero saludar a la cámara!

–Ahí está, mírela. Aquí arriba hay una cámara y al rato el compañero que nos está viendo nos va a preguntar cuál fue la infracción que usted cometió.

–¿Ah, sí? ¿Y qué le van a decir?

–Le vamos a decir que se nos dio a la fuga –dijo sonriente el oficial–.

Con vergüenza y tristeza reconozco que bastaron pocos minutos para que estos representantes de la ley me convencieran–medio a huevo– de que la mejor opción para mí y para México era darles una lana a ellos, y “al de la cámara”. Yo, que todavía tengo manchado mi pulgar con la tinta indeleble de nuestra democracia patito y que me quejo día a día de la corrupción, cayendo una vez más en el jodido laberinto de la ilegalidad, manejando hacia mi casa, o quizás debiera decir “fugándome de la autoridad” con dos policías realizando la persecución más lenta y buena onda de la historia de las persecuciones policíacas.

Al llegar a mi casa el “policía bueno” se acercó con mis documentos y cuando vio los 200 pesos que tenía casi se convierte en el “policía malo”.

–¿Qué pasó? ¡Ya ni porque lo escoltamos!

–Ah, es que pensé que me estaba fugando.

–¿Qué no ve que es para mí, para mi pareja y para el DE LA CÁMARA?

–¡Y dale con el de la cámara!

–¡Pues nos va a pedir su parte!

–De veras no puede ser.

–¡Pues también pinche gobierno! –me dice el poli ya en confianza–.

Sí, claro, pinche gobierno. Nunca falla. Terminé mi odisea pagando 500 pesos por entender que hay prácticas que nunca desaparecen y que requieren que uno se ponga “flojito y cooperando”, más allá de nuestras convicciones y deseos, porque así está la cosa y porque no te detuvimos para que vayas al corralón a pagar tu falta, sino porque necesitamos que te moches.

Así entendí que llenar de cámaras esta ciudad no ha sido para combatir la corrupción y la impunidad, sino que ha sido más bien la irrupción de un nuevo eslabón en el ciclo de la vida de las especies parásitas de la justicia nacional. Ahora los de la cámara también reciben su parte de la mordida, para hacer como que ven, para decidir qué se puede ver y qué no. La tecnología al servicio de la corrupción.

Entendí también que tuve mi oportunidad de hacer la diferencia, y no pude. Y me odio por eso.