Mi vida como microbio

Siempre me ha parecido fascinante el mundo microscópico. No sabría explicar exactamente por qué, pero me produce consuelo imaginar que en cada gota de sangre se oculta un universo en el que habitan innumerables seres con vida y conciencia propia, y que, si se pusieran de acuerdo, podrían controlar nuestro destino sin que nos diéramos cuenta. Es una hermosa historia de terror, difícil de creer en un principio, pero más cercana a como son las cosas de lo que imaginamos.

Cuando era niña, vi en libros de divulgación científica algunos dibujos que explicaban la presencia de bacterias en los humanos. Las definían como seres extraños, que invadían o parasitaban nuestro organismo. Los ilustradores de esos libros las representaban con un círculo azul, entre muchos otros círculos verdes, supuestamente nuestras células. Hace poco tiempo, leí en un artículo publicado en la revista PLoS ONE información muy reveladora sobre este tema, entre otras cosas, que la cantidad de bacterias contenidas en nuestro cuerpo es de una por cada célula humana. Se concentran en lugares como la saliva, la mucosa, la piel, y en mucho mayor cantidad en el tracto intestinal y el colon. Lo que me pareció más interesante de lo que estaba escrito allí es que el ecosistema de microbios (bacterias, hongos y otros) determina nuestras vidas más de lo que antes se pensaba. Así, la teoría según la cual las enfermedades se originan principalmente por infecciones, está siendo cuestionada. En realidad, no sólo es el contagio de alguna bacteria o virus el responsable de que nos enfermemos, sino todo el equilibrio de microbios que nos habitan. Además de nuestra salud, estas poblaciones determinan asuntos mucho más sutiles, pero capitales, como el estado de ánimo, la libido, la vitalidad, e incluso aflicciones mentales, entre ellas la depresión y la esquizofrenia.

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Cada siete años las células de nuestro cuerpo se renuevan por completo. Sin embargo la otra mitad, aquella compuesta por la microbiota, cambia infinitamente más rápido. Esto dice mucho sobre lo estrecha que es nuestra noción de identidad. Si dentro de nuestro cuerpo existe la misma cantidad de “agentes extraños” que de células humanas, ¿quiénes somos en realidad?, ¿no somos acaso todas esas bacterias también? En una existencia humana, el sueño de una burbuja estéril —un paraíso de pureza donde permanecer a salvo del contagio— dura apenas nueve meses (en el mejor de los casos). A partir de nuestro nacimiento, nos vemos contaminados por una gran cantidad de bacterias, comenzando por las de nuestra madre. Desde entonces, el intercambio no cesa. Basta que alguien nos hable de cerca, nos abrace o nos bese, prepare nuestros alimentos o comparta el mismo asiento en el autobús, para que nos convide de su microbiota. Si las bacterias de todos los demás circulan constantemente por nuestro organismo y lo determinan, yo me pregunto ¿qué tan separados podemos considerarnos de ellos?

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".