Mujeres en marcha

“Señores pasajeros, les recordamos que
cuiden sus pertenencias, y también a las
mujeres pasajeras, que no son sus
pertenencias.”

Operadora de una línea de metro en Buenos Aires

 

A algunos les parecerá cursi o reiterativo que las mujeres nos manifestemos constantemente en contra del machismo, de los abusos o de la violencia perpetrados contra nosotras, pero como bien dijo el escritor Antonio Ortuño: “¿Queremos que las mujeres dejen de señalarnos todos los días? Es simple: dejemos de matarlas, acosarlas, humillarlas y violarlas todos y cada uno de los malditos días”. Yo sé que Antonio Ortuño no golpea a su esposa y sé también que muchos de los hombres que las maltratan jamás habrían escrito esta frase en primera persona.

Se tiende a relacionar la violencia doméstica con estratos sociales más pobres y sin educación, pero esto es una gran mentira. La violencia contra las mujeres permea todas las capas sociales y afecta incluso a grandes científicas o eminentes intelectuales. Son estas últimas quienes menos la denuncian, justamente por la vergüenza que sienten de consentir estas dinámicas de las cuales no consiguen salir. Conversando con terapeutas de familia, me he enterado de que muchas de las mujeres que “permiten” este tipo de abusos crecieron en hogares donde al menos uno de sus padres las maltrataba. Los sistemas familiares tienden a repetirse, y se necesita mucha conciencia y una gran fuerza de voluntad para romper con hábitos tan arraigados.

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Durante la última década, México se ha convertido en uno de los países más violentos del mundo. No era así cuando yo nací, y tampoco durante mi juventud. Sin embargo, una de las características más aterradoras de la violencia es nuestra habilidad para adaptarnos a ella, para justificarla, para considerarnos afortunados dentro de una situación que —nos decimos tratando de consolarnos— siempre podría ser peor. Los hombres violentos están ya muy estudiados por los sicólogos: son manipuladores y logran convencer a sus víctimas de que ellas se lo merecen, y también de que las quieren. Y ellas, con la autoestima rota, y vulnerables, como sólo puede sentirse alguien que ha sido abusado una y otra vez, física y emocionalmente, se conforman con estas justificaciones.

Cuando escucho los relatos sobre violencia de género —me sucede con mucha más frecuencia de lo que me gustaría—, no puedo evitar comparar la personalidad de las víctimas de ésta con la de la sociedad mexicana en general. Desde tiempos inmemoriales hemos sufrido abusos de poder, y tenemos la autoestima despedazada a causa de ello. A diferencia de otros países donde la gente tiene un sentido mucho más aguzado de la dignidad, nosotros nos dividimos entre dos bandos: los abusivos y los abusados. Y todos jugamos ambos roles. Basta observar las dinámicas entre clases sociales, el trato entre patrones y empleados o, para no ir tan lejos, nuestra actitud con quien nos recibe el coche en el estacionamiento. Se trata de innumerables “microagresiones”, perpetradas todos los días, en el trabajo, en la escuela y en la calle, que nos confirman esa imagen de nosotras mismas como seres carentes de todo poder.

Sería hora de dejar de mostrarnos tan sorprendidos acerca de la violencia en nuestro país y de culpar, sexenio tras sexenio, a los gobiernos en turno. Los gobiernos son un reflejo de nuestra sociedad corrupta, y la violencia del México un reflejo de lo que sucede en muchos hogares.

Hace tiempo que en las universidades, en las terapias colectivas, en los seminarios sobre desarrollo personal, en los centros de reflexión sobre arte y sobre política, y en las agrupaciones que constantemente luchan por los derechos de los más desfavorecidos, me encuentro con una mayoría abrumadora de mujeres. No me cabe duda de que somos agentes de cambio. La marcha del miércoles, organizada tanto en México como en el resto del continente, tenía varios cometidos. El más importante: hacer sentir a las mujeres que no están solas ni aisladas en esa situación, pero también exigirle a la sociedad que se dé por enterada y actúe en consecuencia y, finalmente, e igual de importante, fomentar un movimiento pacificador que comience en los hogares y se extienda, esperemos que rápidamente, hacia los otros territorios.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".