Imaginar al otro

En estos tiempos cuando la gente habla de migración suele hacerlo desde una óptica muy estrecha, como si sólo se tratara de un problema, incluso de una tragedia.

Yo crecí en Villa Olímpica, un barrio situado en el sur de la Ciudad de México donde vivían cientos de exiliados sudamericanos que habían huido de las dictaduras de los años 70, muchas veces después de haber sido duramente reprimidos. Luego pasé varios años en Francia como inmigrante, en un suburbio poblado de familias magrebíes. Tanto en esa época como ahora, he hablado con muy diversos tipos de exiliados, gente que había navegado en balsa desde las costas cubanas hasta Estados Unidos o pakistaníes radicados en España. Casi todos coincidían en que, por dolorosa que sea al principio, la migración resulta muy enriquecedora tanto para el que emigra como para el que recibe extranjeros. ¿Cómo hacer que la gente se de cuenta de ello, de sensibilizarnos, de abrirnos hacia otras culturas?
La literatura tiene la facultad de conectarnos más allá de las ideologías, con nuestras emociones más primarias como el miedo, la compasión, la ternura, el dolor. Por eso es posible disfrutar íntimamente de libros escritos por autores que no comparten nuestras posiciones políticas. La literatura tiene el poder de hacer que entremos en la zona de intimidad y en la vida cotidiana de otras personas y de otros pueblos, que compartamos con ellas su historia, su vida cotidiana, sus miedos, sus anhelos, sus experiencias. Muchas veces, las novelas resultan más creíbles que los diarios o los noticieros. A mí me parece más convincente leer la novela autobiográfica de un escritor sirio o palestino, que decenas de noticias sobre bombardeos en sus países. Las noticias tienen algo de irreal, algo frío y estadístico con lo que no siempre es fácil conectar emotivamente. Es lo que ocurre con 2666 de Roberto Bolaño, La fila india de Antonio Ortuño o Tierras arrasadas de Emiliano Monge, quienes hablan de los migrantes en tránsito hacia Estados Unidos, y su experiencia infernal en su periplo hacia la frontera. Aunque no son autobiográficas, tienen el poder de convencimiento emotivo de la buena literatura. Nos llevan a comprender y a reflexionar acerca de fenómenos tan dolorosos como la migración o los feminicidios.
Quizás peco de ingenua, pero pienso que si alguna utilidad puede tener el oficio al que me dedico es la de sensibilizar e informar a la gente acerca de lo que está pasando tan cerca de ellos y que no todos ven. La falta de disposición que tenemos los seres humanos de imaginarnos unos a otros, constituye la verdadera tragedia y también el origen de muchas fobias y persecuciones. Creo en la literatura como un puente entre los pueblos y en su capacidad de permitirnos imaginar al prójimo, de ponernos en su lugar. Hacerlo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. Leer literatura es un poco como inmigrar durante un tiempo o como recibir en casa a un inmigrante con todo y su bagaje subjetivo, sólo que sin los miedos ni los prejuicios que habitualmente nos impiden conocernos, y aprender de nuestras respectivas historias.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".