Pesimismo y optimismo cultural

El viernes pasado, un amigo me enseñaba una nota de un periódico español que resumía el profundo pesimismo de los intelectuales en México: Fernando del Paso en el Premio Cervantes habló del horror en que estaba sumida la sociedad mexicana. Juan Villoro había dicho que el país debía dejar de existir, Aguilar Camín y Enrique Krauze escribieron ensayos pesimistas sobre el estado de nuestra política y nuestra cultura.

APRDELESP (por apropiación del espacio, supongo) ha despertado una pequeña polémica por su intervención en el Museo Experimental El Eco.

En la página del despacho se lee un manifiesto que llama a desacralizar la arquitectura como un mero contenedor y pensar tanto muros y techos como sillas, mesas y plantas, es decir, todo, como un objeto arquitectónico con la misma categoría y valor; APRDELESP invita a concebir la arquitectura más bien como algo carente de autoría y diseño, algo que más bien facilite las relaciones de las personas con los objetos y de las personas con las personas.

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El despacho ganó recientemente el concurso del Museo Experimental El Eco, que ofrece su espacio para una intervención arquitectónica. La propuesta fue transformarlo en un parque, el Parque Experimental El Eco. En la práctica, la sala principal del museo se convirtió en una cancha de basquetbol y el fabuloso patio de Mathias Goeritz fue cubierto con una capa de tierra y pasto. Se colocó un asador, sillas y mesas de plástico y una piscina inflable.

La polémica comenzó cuando la comunidad de arquitectos se preguntó si no nos estaban tomando el pelo, es decir, si aquello no era una ocurrencia vulgar.

El otro domingo, fui a al parque El Eco a ver qué estaba pasando. Como el Parque El Eco tiene un programa público que la propia gente gestiona por internet, ese día me tocó presenciar una puesta en escena con textos y performances de varios artistas convocados por una galería llamada Lodo. Se leyeron manifiestos sobre las nuevas posibilidades culturales de Internet, se recrearon entrevistas, se escenificaron happenings de inspiración sesentera. El parque El Eco había activado una comunidad.

Puede que sea una comunidad muy chiquita y que no haga mella frente a la barbaridad del país, pero es una comunidad que está pensando distinto las jerarquías culturales, que descree de los grandes gestos intelectuales y te invita a pasar una tarde de domingo tirado en el pasto, mirando la vida pasar al lado de una piscina de plástico, como un forma de gestionar comunitariamente nuestra convivencia. Y esto está padre.