Veterinarios, los nuevos santos

Ruso tiene otitis crónica. Es una reacción alérgica a algún alimento pero todavía no se puede saber cuál. La otitis es la causante de que se esté rascando la oreja, camine lento y se maree, incluso, que parezca desorientado. Por eso, llevé a Ruso con el doctor I. Le recetaron cortisona, antibióticos y un cambio radical de alimentos.

Ruso es un bulldog francés y el doctor I es una especie de héroe silencioso del barrio. Su clínica veterinaria no sólo ve animales enfermos, sino también recibe a unos pobres seres humanos que llegan con el alma en un hilo. Creo que la clínica es más que una enfermería; parece más bien un centro comunitario, como son las peluquerías viejas, las tiendas de abarrotes y el farmacéutico de la esquina, todas en proceso de desuso por el arribo de las barberías, el Oxxo o las farmacias de cadena.

El hospital veterinario local sería el último bastión del encuentro con el vecino.

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La sala de espera del doctor I consiste en una banca y una silla roja, alimentos para animales, el cuadro de un gatito en la nieve, buzones para donativos de organizaciones que recogen animales y un mostrador detrás del cual se esconde una recepcionista férrea. He visto a la gente más descorazonada salir con un perro al que le extirparon un ojo por glaucoma o abrazar un gato al que han desahuciado. He visto a intelectuales prominentes tratar de demostrar al veterinario que su perro sí cojea y que algo tiene mal, pero que ahora quién sabe qué le pasa y no parece enfermo. También he visto a la gente más sola del mundo, la que huele a encierro, lleva un pantalón de tres días de uso, el suéter de una semana y salió ese día sólo para llevar al gato a revisión.

Lo que más me impresiona de esa sala es el estado de ánimo social. Todo el mundo tiene algo simpático que decir de tu perro o algo curioso que decir del suyo. El interés por el prójimo animal es intenso. Y si visitas la sala con frecuencia, es probable que se refieran a ti como Ruso, no como Guillermo.

Nada más alejado del mundo de las leidis y los lores que pueblan esta parte del planeta. El doctor I también es un encanto. Por ejemplo, el otro día, cuando se enteró que yo era periodista, me contó que era vecino de las oficinas de MVS en Anzures y solía ver a Carmen Aristegui y Javier Solórzano sostener intensas discusiones cuando conducían el noticiario, allá por los noventa. Me dijo también que no le caía bien Pedro Ferriz de Con, por fresa, por prepotente, por ponerse a hablar del golf, pues ¿qué clase de persona puede pasar una mañana sin hacer nada?

Ruso, por cierto, ya está mejor de la oreja. Pero las medicinas le cayeron mal y anduvo vomitando por todos los rincones de la casa. El doctor I lo revisó de nuevo y le dio un medicamento inyectado. Y preguntó, al final de la consulta, si no me paraban en la calle por llevar un animal tan chulo.