Hollywood era un bufet

Cuando vivía en Austin tuve la fortuna de asistir a un festival de cine auspiciado por Quentin Tarantino. Durante una semana, el director norteamericano nos presentó un puñado de películas raras (o más bien: desconocidas) que había rescatado del olvido y acumulado en sus viajes por el globo del mar y de la tierra. La mayoría estaban incompletas, quemadas o estropeadas. No fui todos los días, yo chambeaba ilegalmente como redactor en una agencia de publicidad para el mercado latino. Tarantino comentaba las cintas, nos pedía que pusiéramos atención a aquellas escenas, movimientos de cámara o detalles que a él lo sorprendieron. Desde aquel entonces, cada que saca una película nueva veo cómo emplea cada uno de los recursos cinematográficos que tanto le entusiasmaron. Los toma prestados a destajo, sin maquillaje ni demasiada variación. No estoy diciendo nada nuevo. Se sabe que el cine de Tarantino está repleto de referencias. ¿Hurtos, acaso?

Cuando uno veía de chavito el capítulo “Cabo de miedosos”, poco se imaginaba que aquel inaugural intento de Bob Patiño de asesinar a Bart era un homenaje a una película de Scorsese. A inicios de la popularización de internet había páginas que desnudaban una por una las referencias que cada capítulo de Los Simpson hacía de series televisivas, literatura o cine, ¿se acuerdan? Hay capítulos que son auténticas piezas de retacería. Esta inicial fórmula construyó el mito de los Simpson que todos hemos aprendido a adorar y extrañar.

Es decir: ¿Tarantino roba pero los Simpsons no?

No soy tan vanidoso como para afirmar qué cosas basadas en otras cosas son homenaje o cuáles son fusil. Aspirar a la originalidad es una pendejada. Una de las mejores líneas que le he robado a alguien es la siguiente: “Después del Pecado Original, no queda nada original en el mundo”. Y es cierto. Lo he dicho antes: yo podría ponerle un epígrafe a cada una de las líneas que conforman cualquiera de los libros que he escrito. Uno debe tomar con humildad y cariño cualquier cosa que le inspire o fomente la creación de belleza. Todo es de todos.

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“Ya no se hacen películas así”, es uno de los quotes con que se promociona el trailer de “La la landia”. Quien afirma tal cosa sólo conoce las películas del último año o algo peor: las que le recomienda el algoritmo de Netflix. Tal filme no es sino un muégano de musicales del pasado. Homenajea a varios pero hurta vilmente el final de “Los paraguas de Cherburgo”. La odié. No porque sea ñoña, no porque sus personajes sean de cartulina ni por esa estúpida escena climática en la que una pareja decide separarse porque uno de ellos “no está persiguiendo sus sueños” (hágame usted el favor).

Lo que molesta es la forma como Hollywood toma cosas de todos lados y las transforma en alelado cine sólo para ponerlo debajo de una candileja y aplaudirle. Es como si fuera un bufet. La industria gringa de cine se sirve hasta el hartazgo y ni siquiera se lo acaba todo. La creación artística no es un bufet, a lo sumo es una orgía o una pachanga, no lo sé, pero una bola de charolas de donde tomar carnes frías y frijoles refritos les juro que no es.

Quizá sólo no he desayunado.

La la land es un triste intento de Hollywood por reafirmarse como los dueños del balón, como los Reyes Midas de la caca. Una fiesta a la me me mediocridad y la decadencia. Además es aburrida, larga y bobalicona.

Ganará el Óscar a mejor película.

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Artículo anteriorEdición impresa: 23/02/2017
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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".