Las paredes oyen

En México no es precisamente que las paredes oigan, es que son tan delgadas que todo se escucha aunque no quieras. De qué otra forma podría ser si los terremotos han revelado que se construye escatimando recursos, dando mordidas y haciendo caso omiso de las reglas.

Entonces, como los muros entre viviendas son casi de papel, la vida de los vecinos es un poco también la tuya (y viceversa). Por ejemplo, estoy al tanto de lo que ocurre con la pareja que vive un piso arriba de mí, a pesar de que casi ni los veo. Es un amor apache que constantemente involucra gemidos por parte de ella; dependiendo si estos terminan con un largo silencio o con un azotón de puerta o vidrios rotos, me doy cuenta si fueron de placer o de dolor. Y si por las noches su hijo llora porque algo le duele, me la paso en vela con ellos deseando que el pequeño mejore pronto.

Con la pareja que habita el depa de abajo me encuentro muy de vez en cuando, pero sé cuánto aman el cine de acción los dos. Nunca he entrado a su casa, pero puedo apostar que tienen el mejor sistema de sonido: cada que los tortolitos ven una peli, yo la siento, los vidrios de mis ventanas vibran; digamos que la explosividad de la cinta nos invade por igual. Cuando vienen sus viejos amigos a visitarlos, repaso con ellos sus idas de pinta en la secundaria además de otros momentos inolvidables, como la vez que salieron a tomar algo tranqui y terminaron de fiesta en Acapulco. Ay, aquellos tiempos.

Sin embargo, entre los vecinos que no conozco está mi favorito. Debe vivir en el cuarto o quinto piso del edificio y no hace nada de ruido, excepto los domingos por la tarde cuando le da por tocar el piano. No sé de su vida, pero sí de su sensibilidad y gusto musical: siempre elige piezas diferentes, bellísimas todas, que interpreta perfecto con sus respectivos matices: piano, forte, pianissimo, fortissimo… ¡Esos días es una verdadera maravilla tener paredes delgadas! (y una suerte que la persona en cuestión se haya inclinado por el piano y no por la batería).

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