Aceptar la muerte

Los pasillos de los hospitales son lugares aptos para pensar en la dignidad humana, en ellos se advierten todos los sentimientos humanos: el miedo en la mirada y en las sonrisas forzadas, la angustia en las manos que teclean obsesionadas el teléfono inteligente buscando una guarida lejos de el espacio de la enfermedad, la ternura de las manos que se amarran unas a otras para no dejar ir a sus seres amados, la esperanza en las manos unidas en una oración silenciosa, el temor de no haber dicho adiós o pedido perdón a tiempo. Afuera se vive el deseo de la salud de una forma muy diferente al ruidoso ambiente de la habitación en que yace la persona enferma. Las pláticas insoportables sobre otras personas enfermas, la insensibilidad de las parlanchinas que cuentan todas las tragedias como si fuera un teatro del dolor de todos.

Las vidas humanas se hacen pequeñas cuando estamos a la merced de la enfermedad, en manos de una o un médico; pocas veces se experimenta de forma tan cruda la orfandad como cuando estamos a punto de entrar al quirófano, a poner nuestra vida desnuda en manos de terceros que pondrán música y mientras dormimos abrirán y cerrarán cuerpos como mecánicos que arreglan maquinarias. Esa frialdad necesaria resulta aborrecible para toda persona que con paciencia añora la cura y ofrece su cuerpo a la sabiduría de la medicina que, a su vez, ofrece su esperanza a la suerte más luego que al conocimiento.

En los hospitales hablamos de todo, con morbosos detalles o angustiantes memorias revividas; de todo menos de lo fundamental: planear la muerte como se planea la vida. Casi nadie en México se atreve a preparar una carta de Consentimiento Informado que explique a detalle qué personas de la familia serán las responsables de tomar decisiones sobre la o el enfermo, si queda en estado vegetativo, si sufre inagotablemente, si no desea que se le reviva para mantenerle, como a tantas otras, como un vegetal cautivo que arroja aroma de congoja y sufrimiento a su alrededor.

Tal vez para las y los mexicanos que tanto nos burlamos y celebramos la muerte cada noviembre la defunción definitiva es inaceptable, como lo es para una niña que recién perdió a su madre y la busca por cielo y tierra. Tal vez por eso estemos entre los países de América Latina con mayor número de personas que mueren intestadas, que dejan en manos de su familia el dolor de la pérdida y la pesadilla burocrática que implica cerrar una cuenta de banco, heredar el pequeño auto, la casa, los zapatos, el reloj de la abuela, lo que sea, no importa lo poco que tengamos; morir intestado es heredar pleitos, discusiones, problemas. Es impedir cerrar un ciclo de la vida entreteniendo a la familia con los tiliches que quedaron detrás de una vida que siempre descubrimos era un tanto privada.

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Parece mórbido ¡qué mal gusto! dicen algunos cuando hablamos sobre prepararlo todo para que la partida sea un adiós cabal, inapelable, finito. Me parece que tomarse el tiempo para escribir lo que se ordena, para resolver la última de nuestras voluntades, para organizar las ideas, los archivos, los recuerdos; para entregar los amuletos, los libros, los trapos y el pasado, es un acto de amor. Lograr que los hospitales y personal de salud respeten nuestras decisiones hasta el último suspiro ha sido una batalla ciudadana. Detrás del activismo por los derechos de las y los pacientes hay miles de muertes, economías destruidas y mares de sufrimiento. Detrás de los obcecados maltratos a los cuerpos lánguidos forzado a respirar con instrumentos se apilan los miedos, los rencores, las palabras no dichas, las religiones impuestas a golpe de estupidez. Casi siempre olvidamos que si hemos ganado nuestro derecho a decidir cómo vivir es indispensable reivindicar nuestro derecho a bien morir. De allí que el testamento y la Carta de Consentimiento Informado sean tan valiosas para la vida de todas las personas que amamos.

A veces enfrentarse a la muerte es mucho más sencillo cuando se ha vivido una vida cargada de sentido, de afectos y amores, una vida plena con las implicaciones de sufrimiento y pérdida que integra toda vida sintiente y atrevida. Entonces es más fácil prepararse para un adiós entero que no arrastre los miedos de nadie.