El niño de la guerra

Dos cosas recordamos de la infancia, la vulnerabilidad y la alegría. Todos los días en las redacciones de los periódicos nos preguntamos ¿qué es lo que hace que una particular fotografía de un niño o niña violentado termine en la primera plana? Esta semana, en diarios del mundo entero nos conmovimos con la fotografía del pequeño Omran Daqneesh, un nene de cinco años rescatado del bombardeo que voló su hogar en mil pedazos. Vemos a Omran atajado en un asiento naranja de los servicios de emergencia, impávido, su rostro y cuerpo completamente cubiertos de tierra y sangre; sin zapatos, por alguna razón los pies descalzos siempre denotan una huida vertiginosa, angustiante, al igual que los zapatos solitarios colgantes en los cables de las calles nos hacen pensar que alguien va por la vida sin protección en el camino.

Siria nos queda demasiado lejos para que logremos comprender la tragedia de esa guerra sanguinaria que desde 2011 ha costado la vida a miles de niños y niñas, y tres millones de refugiados, que ataca sin descanso a civiles, de soldados que violan a miles de mujeres y niñas. Nos queda lejos geográfica y emocionalmente, nuestro corazón está atrapado en nuestras propias tragedias nacionales, sin embargo, Omran se convirtió en la imagen del desasosiego en redes sociales y medios de nuestro país. Miro una y otra vez esa fotografía que despierta tanta ternura que descubro una compulsión por abrazarlo, a él o a cualquier niño pequeño, vulnerable, víctima de lo incomprensible: la masacre por el poder y el petróleo.

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Quienes hemos entrevistado niños, niñas y jóvenes víctimas durante tantos años conocemos bien el costo emocional de la ternura, el desgaste que implica abrir el corazón mientras se documenta la historia, mirar a la persona y su contexto y no a una víctima más; sabemos que todos los niños y las niñas duelen, quisiéramos que todos fueran vistos con la misma mirada que despierta conciencias. De vez en cuando un niño como Omran, con la mirada ennegrecida por el dolor y la sangre, que captura la lente de la cámara como preguntando ¿qué diablos está pasando aquí? con los brazos rendidos y la melena alborotada, se convierte en una metáfora viva de la crueldad humana, de la vulnerabilidad total. Este pequeño allí sentado es más que un niño, es su país, es Alepo desgarrado, polvoriento y ruidoso, es Siria dividida y devastada por la violencia. Pero es más que eso, este pequeño sirio-kurdo es el sobreviviente de la injusticia, crecerá como miles de niños de la guerra sin educación en un país cuyo conflicto armado está aniquilando a toda una generación infantil; quienes sobreviven son cooptados por ISIS como soldados esclavos-niños-bomba como el chico de 12 años forzado a inmolarse para aniquilar a cincuenta personas en Turquía.

Y cuando tengan 16 o 17 años, si su fotografía reaparece en algún medio, ahora portando un arma letal, alguien dirá que a estos chicos les gusta la violencia, que son fanáticos, que deben castigarlos, torturarles, aniquilarles. Los presidentes americano, ruso y otros dirán que es incomprensibles que los jóvenes sirios sean tan crueles, ellos eligen ignorar su papel como vendedores de armas, como aliados de la economía de guerra, como entrenadores y a veces creadores de grupos terroristas que eventualmente se vuelven en su contra. Rusia, aliado del presidente sirio, tiene su mirada en el petróleo y el gas, mientras que los grupos de “oposición” apoyados por Estados Unidos, Arabia Saudí, Turquía y otros, participan en la aniquilación sistemática de la población. La familia de Omran es parte de un grupo kurdo que combate al Estado Islámico para defender su libertad. Este pequeño, abatido, vulnerable mira al mundo y, sin saberlo, se ha convertido en el símbolo de una generación perdida.

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Sus libros han recibido más de cuarenta premios internacionales. Autora de "Los demonios del Edén", "Esclavas del poder" y "Sexo y amor en tiempos de crisis", entre otros. Vive en México, a veces la corretea la policía por decir la verdad.