LA OTRA MITAD

Las mujeres mueren por infarto con más frecuencia que los hombres, informaba el diario el mes pasado. Las causas, según un experto del Instituto Nacional de Cardiología, es que las mujeres tienen síntomas distintos a la clásica opresión en el pecho. En nosotras –por cuestión hormonal y porque nuestras arterias son más delgadas– se manifiesta con dificultad para respirar, cansancio, náuseas, vómito y sudoración.

O sea, que los síntomas que siempre se han divulgado para prevenir el ataque al corazón han sido los de los hombres, porque a las mujeres nos da distinto. Es “infarto atípico”, hacía notar un encabezado. ¿Atípico porque la medida de todo es el hombre? ¿Y la otra mitad no cuenta?

Hace algunos años, de casualidad, conocí esa información en el libro Feminismo para Principiantes, y desde entonces me pregunto qué otra información vital se nos oculta.

Durante el siglo XIX se diagnosticaba histeria femenina a las mujeres casi con cualquier padecimiento del que se desconocía la causa (incluida la “tendencia a causar problemas”). El tratamiento era un masaje pélvico y entre genitales hasta provocar una liberación. El orgasmo era, pues, el remedio.

Aunque hace siglos de eso, y superado ya el tiempo en que brujas, parteras, curanderas, yerbateras y poseedoras de los saberes femeninos eran quemadas como castigo, aún se nos oculta información y todavía es mal visto hablar del cuerpo en público (como denunciar un acoso o una violación). Las valientes que se atreven son quemadas de otra manera: linchadas en otros tribunales, acosadas como castigo.

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El varón como modelo y medida única para contar el mundo sigue vigente, incluso, en los cursos para coberturas periodísticas de alto riesgo, donde lo que se enseña a llevar en la mochila está inspirado para organismos y necesidades masculinas.

Mucha información sigue oculta. ¿Cuántas personas saben qué es la fibromialgia, ese padecimiento que ataca especialmente a mujeres, o la menopausia, más allá del chiste fácil o la descalificación a la mujer que establece límites con firmeza? ¿Y eso donde se enseña?

Aún recuerdo una clase que tomé mi último año de secundaria en colegio de mujeres, en la que una monja bienintencionada que nos preparaba para la vida nos enseñó que la palabra “novio” viene de la raíz etimológica “no-vio”, o sea, del “no-ver”, de la invidencia. También nos salpicaba de consejos para el buen matrimonio, como siempre levantarnos antes que el marido y arreglarnos para estar guapas, siempre sonrientes y con un sí en los labios.

Recibimos una única clase magistral sobre sexualidad humana en la que los ponentes eran unos médicos que se hicieron acompañar de monjas y padres y madres de familia. Pero nos enteramos qué nos quisieron decir gracias a la compañera precoz que, escondida en el clóset de su casa, espiaba a su mamá.

“Muchos hijos muchos problemas”, leí afuera de una clínica de salud en uno de los municipios más pobres de la mixteca oaxaqueña; esa frase resume la educación sexual en muchas zonas del país. Otra muestra más rupestre es el consejo que dio el gobernante que hace honor a su apodo (Bronco) al pedir a padres y madres que eviten embarazos adolescentes diciendo a sus hijas que “a las niñas gordas nadie las quiere”. En una cultura donde los condones aparecen en la televisión, pero no hay opciones para las mujeres, donde se enseñan síntomas del infarto dedicados a hombres y donde está penado hablar de la intimidad femenina, ¿cómo debe cuidarse esta otra mitad de la población?

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.