Peña: la ostra autoritaria

El 11 de mayo del 2012, gracias a una serie de eventos aparentemente lejanos a mi ciudad, pero cercanos en cuanto a los significados, reafirmé mi visión sobre la política mexicana. Ese día en la Ibero de la Ciudad de México, en el marco de los foros de reflexión del voto, asistió el candidato Enrique Peña Nieto para convencer a la comunidad universitaria sobre su plataforma electoral. A distancia, pero con el ojo muy atento a lo que ahí sucedía, caí en cuenta que a lo antagónico a lo que quería para mi país se lograba personificar, tomar un físico y hacer presente en el PRI de Enrique Peña Nieto.

Quisiera confesar que no fueron los grotescos excesos en los filtros de seguridad lo que me hicieron caer en cuenta. Tampoco fue el palerismo engominado de quienes gritaban su nombre como se le grita a Luismi o a Juanga. No fue la falta de propuestas medibles y realizables de parte del presidenciable. No, lo que me hizo darme cuenta de que las prácticas nocivas de la política continuaban en voga fueron tanto el orgullo expreso del candidato por las acciones que derivaron en las múltiples violaciones de Derechos Humanos en Atenco como la minimización y condena de la protesta de los estudiantes por parte del vocero de su campaña (estos dichos generarían un video, origen simbólico de #YoSoy131).

Las dos declaraciones demostraban una completa incapacidad de autocrítica, empatía o de simple y llana sensatez. Nos dejaba entrever que el modelo de gobierno sería la mano dura, la falta de apertura y el solapamiento de los errores propios. En menos de un día esta clase política nos mostró que estaban corroídos hasta el tuétano del síndrome de la ostra autoritaria, un mal que aqueja a aquellos políticos, no sólo a los del PRI, que se encierran en su coraza a la crítica, pero que sus designios deben ser ejecutados sin chistar, con pleitesía y disciplina.

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Una ostra autoritaria cree que no existirán consecuencias de conducirse de tal manera, pues su entorno le confirma a cada paso que da que la impunidad y la verticalidad son el día a día. Sin embargo, el día de ayer la “Evaluación al Presidente” de Reforma nos muestra que todo tiene un límite. Que esta forma de gobernar tiene altos costos que han sido soportados por la sociedad durante medio sexenio, pero que ya no son tolerados.

En la encuesta se señala que 3 de cada 4 personas están en abierto descontento con el gobierno de Peña Nieto y sólo el 23% de los entrevistados aprueban al mandatario. El estudio logró construir una imagen nítida del país en el que vivimos. La información que revela es desoladora, pero congruente con el entorno. A pesar de los esfuerzos deliberados del gabinete federal por sacar de las agendas mediáticas a la violencia y la pobreza, casi el 70% de la población señala que en estos tópicos han existido retrocesos y nulos avances. Quedaron atrás los tiempos de los halagos al manejo económico, pues el 64% considera que su situación financiera está empeorando. Finalmente, ha existido un fuerte viraje sobre la percepción de la corrupción, pues en 2015 sólo 40% la consideraban como un tema preocupante y en 2016 creció a un 55% de los encuestados.

Podríamos apostar sobre la manera en que esta administración tomará los datos, sin embargo, la ostra autoritaria tiende a desestimar todo aquello que le sea adverso. Pensémoslo por un momento: han desestimado el informe del Relator Especial de la ONU en temas de tortura; han desestimado sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos; se desestima al GIEI un día y al día siguiente a sus propias mediciones de pobreza; se desestima a los periodistas, nacionales y extranjeros, a la protesta social y a las más de 27 mil personas desaparecidas.

Entonces ¿qué se puede esperar de la ostra autoritaria? Una primera dama que nos regaña por tener dudas legítimas, un secretario que achaca la debacle olímpica a complots internacionales, un encargado de la economía que un día dice que bajará la luz y meses después sucede lo opuesto. La ostra autoritaria, debemos tenerlo claro, no fue algo que sólo pasó en la Ibero, no es un accidente, sino una manera de entender y ejercer la política. La buena noticia es que este país ha hablado y se ha pronunciado por acabar con este síndrome.