Derecho al futuro. Parte I

Para Telle y Bety

Cuando escuchamos la frase “se debe pensar en el futuro”, probablemente nos imaginamos a nuestras hijas o hermanos menores en próximos años, graduados de la universidad, quizás con trabajos en realidades virtuales o tomando algún transporte público que levita sobre las calles.

Cuando hablan de ese porvenir, podríamos pensar en esas personas que aún no han nacido, podríamos imaginarnos cómo será el mundo en 100 años, podríamos discutir sobre cómo sobreviviremos a Trump, al cambio climático o a las grandes epidemias de nuestros tiempos.

Pero hoy no quiero hablar del futuro relacionado con la juventud. Ese futuro tiene una gran relevancia y ha sido tópico recurrente en este espacio. Por eso, buscando ser justos, debemos poner atención en el futuro de otra generación.

Hablemos de una generación a la que le hemos negado el futuro. Pongamos al frente las necesidades de una generación que hoy probablemente está sola en sus casas, con una televisión, algunos recuerdos y un par de lentes; una generación que tiene grietas en las manos, pero venas llenas de vigor; una generación repleta de letras, abrazos, ideas, ganas de vivir y enseñar. La generación de tus padres, de los vecinos de arriba, de quien te saluda en la tienda. La generación de lo que hoy llamamos tercera edad, o la generación de mis abues, como me gusta llamarles con cariño.

Y ya que hablamos de cariño, que quede establecido que yo crecí las tardes de mi infancia cercano a mi abuela y sus amigas; que fui empacador en el supermercado y conocí sus historias de primera mano; y que en los últimos años muchas personas de más de 60 años me han contado sus esperanzas, me han aconsejado y me han movido profundamente. Por lo que debo confesar que estoy lejano a ser alguien que ve este tema con objetividad y distancia.

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Pero quizás no tocar ser objetivo, no en este tema que siempre lo agendamos para después, negando el futuro para ellas y ellos. No deberíamos dejar de luchar por las personas de la tercera edad, pues las cifras oficiales nos hablan de una realidad brutal: tres de cada cuatro de estas personas no tienen una pensión. Especialistas del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM señalan que, en promedio, este grupo poblacional se retira a los 80 años, no porque decidan retirarse a descansar, sino porque su cuerpo no les permite seguir trabajando. También, señalan que una buena parte de este grupo vive en un riesgo latente de pobreza.

Sumado a esto, hemos sido omisos en más aspectos. Contadas empresas les contratan, sus habilidades y conocimientos son invisibilizados, las banquetas se hacen para que no las transiten, sus servicios de salud son insuficientes, su oferta de actividades de recreación, educación y deporte es limitada.

Quizás suena a que es mucho pedir, o a que sueño en grande, pero sostengo que hace falta que este tema sea tratado con tantita gratitud, con la mínima solidaridad, con memoria, con esperanza en el futuro de nuestro pasado. Impulsemos la agenda política a la seguridad social con dignidad, abramos nuestras empresas a su empleo por sus conocimientos y valor, construyamos ciudades en donde sean prioridad sus pasos. En suma, hagamos un país que le permita el derecho al futuro a cualquiera.