¡Qué miedo el cine de terror!

La última película de terror que vi fue El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y 20 años después sigo sin tener la menor intención de que esto cambie. 

Los peores y más largos 81 minutos de mi vida han sido cortesía de esta cinta rodada en ocho días, con una inversión de 60 mil dólares y ganancias de 250 millones de dólares: las manos me sudaban, estaba súper mareada por los movimientos de la cámara, la tensión me tenía al borde de la butaca y el corazón se me quería salir por la boca a gritos. Porque ante el terror psicológico poco se puede hacer, aun teniendo a quien abrazarte.

Pero esa es mi opinión y por estos lares no es muy popular, pues de acuerdo con el American Film Market, México es el país que más ve cine de horror, superando en un 57% a Corea del Sur, el segundo lugar. De ahí el furor de esta semana por el estreno de Annabelle 3: Viene a casa (Gary Dauberman) y el deseo de que ya llegue la fecha para “disfrutar” El muñeco diabólico (Lars Klevberg), que originalmente estaría en cines nacionales el 21 de junio.

Existen un montón de estudios científicos que explican las razones por las que la gente ama las películas de terror. Primero está el placer de ver al protagonista arreglárselas para terminar vivo al final de la cinta. Si ese no es el caso, igual la pasan increíble al experimentar situaciones impredecibles y extrañas a su vida cotidiana. El miedo y suspenso estimulan su producción de endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina, químicos naturales en nuestro organismo conocidos como el “cuarteto de la felicidad”. 

Sin embargo, está claro que no todos los cerebros funcionan de la misma manera. El mío simplemente no liberó los niveles de serotonina necesarios para no sufrir de adolescente con El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), incluso semanas después de haberla visto. Y por esa misma razón, producciones consideradas joyas cinematográficas, como El exorcista (William Friedkin, 1973), Halloween (John Carpenter, 1978), Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) y Alien (Ridley Scott, 1979), para mí resultaron torturas innecesarias cuyas escenas ojalá pudiera olvidar.

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