Del Toro, el monstruo

La forma del agua
Foto: especial

A días del estreno de La forma del agua, recuerdo que después de ver la cinta El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001), tuve varias revelaciones: en un universo en el que coexisten vivos y muertos, a quien hay que temer es a los vivos. Ni Santi —el niño ahogado saliendo de un estanque con la cabeza rota— provoca tantos escalofríos como la crueldad de Jacinto, un hombre joven cuya ambición lo convierte en el verdadero monstruo de la historia. 

También descubrí que Guillermo del Toro sabe ver más allá de lo evidente, y esa capacidad lo llevaba a escribir historias que tienen un poder transformador —también enseña a los espectadores a leer entre líneas—, lo que en mi opinión lo convierte en un chingón. Perdón por la expresión burda, pero es lo que me provoca decir cada vez que pienso en su cine.

La forma del agua
Foto: cortesía

La consistencia de su trabajo y su convicción por reivindicar lo otro, lo extraño, lo ha llevado a escribir una de sus obras más bellas: La forma del agua, una historia donde los protagonistas no solo son los raros, sino los invisibles —las mujeres de la limpieza (una negra y una muda), un viejo gay de clóset y una criatura anfibia (el monstruo)—. Aquí, la típica fórmula del cine “chico-conoce-a-chica” se da entre la muda y el anfibio; ellos serán quienes vivan un gran romance. Y es entonces cuando nos hacen sentido las palabras de Del Toro cuando afirma que “la emoción es el nuevo punk”. No puedo pensar en un acto más subversivo que volver bello lo “inaceptable” a través de una atípica historia de amor. Como en Frankenstein (Shelley, 1818), la dignidad y la fragilidad del monstruo es afrontada de manera sublime.

¿Que si por fin se va a llevar el Óscar por esta cinta? Quién sabe. Sería un error si no, pero qué importa. La aportación que Guillermo del Toro ha dado al cine está hecha y, chauvinismos aparte, da mucho orgullo que sea paisano. La forma del agua estrena en una semana, el viernes 12, y sería un error perdérsela.

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