Espectadores atormentados

obra de Woody Allen
Foto: especial

 

Volví a ver Annie Hall. Como siempre, disfruté de ese estupendo monólogo del inicio y de cada una de las escenas de la que considero la mejor comedia del cine. Mientras reafirmaba mi amor por la obra de Woody Allen, me vino a la cabeza la imagen de la joven Soon-Yi desnuda y posando frente a la cámara de Allen, entonces pareja de su madre adoptiva, Mia Farrow… En su momento, justifiqué el episodio pensando que ella era mayor de edad. Luego vinieron las declaraciones de Dylan Farrow, la otra hija adoptiva, acusándolo de abuso sexual cuando ella tenía siete años. Aunque el director negó la acusación, una mezcla de admiración y asco me empezó a atormentar. ¿Cómo puedo disfrutar del cine de un monstruo?

Hace unos días leía con sorpresa la nota sobre la reacción que los Millennials británicos habían tenido al ver Friends por primera vez en Netflix, esa bobada de serie que provocó hordas de fans alrededor del mundo, por ligera y empática con el día a día de muchos jóvenes en los 90; ahora, era homófoba, racista y machista, según la percepción de las nuevas generaciones. Nunca le entré, pero siempre que me topé con algún capítulo me sacó varias risas. ¿Qué está pasando que 20 años después está mal reírnos con Friends?

Estamos transformándonos como sociedad, nos hemos vuelto selectivos en nuestros consumos de entretenimiento: para bien, somos espectadores más exigentes, incluyentes y preocupados por los contenidos y los cuestionamos; para mal, ¡ya tooodo es políticamente incorrecto! Recuerdo que tras los atentados contra la publicación Charlie Hebdo en Francia, mucha gente pensó que se habían pasado por publicar contenidos incómodos sobre el Islam, que lo correcto era no provocar. ¿En serio? ¿Y la libertad de expresión?

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La línea es tan delgada que ahora somos jueces y víctimas de lo que nos gusta ver. Ser precavidos parece ser la regla. Pero al intentar ser correctos y conscientes, ¿nos estamos volviendo moralistas? Tan divertido que era echarse en el sofá y ver la tele para desconectarse un rato. Mientras el ojo que todo lo ve en versión Black Mirror no entra a nuestras vidas, la decisión será de cada quien. Por lo pronto, a seguir siendo consumidores atormentados.

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