La otra cara del Ángel

Aunque no fue tan terrible como el de 1985, el terremoto del domingo 28 de julio de 1957 en la Ciudad de México estuvo muy gacho. Fue en la madrugada, casi todos estaban dormidos y a los que andaban de fiesta se les bajó la borrachera del susto. Hubo cientos de muertos y miles de heridos, se derrumbó un edificio en la Roma, se hicieron añicos las escaleras de varios multifamiliares y durante semanas reinó el caos.

Pero el percance más sonado del siniestro, y por el que pasaría a la historia, fue la caída del Ángel de la Independencia. Se zafó de la columna y ¡plaff!, se estampó en el pavimento de Reforma. Quizá si hubieran sabido lo que iba a pasar, Porfirio Díaz y Antonio Rivas Mercado, autores intelectuales del proyecto que se inauguró en 1910, hubieran reforzado la estructura con baba de nopal y encargado al escultor Enrique Alciati que hiciera la pieza a prueba de trancazos.

Fue tan emblemático el incidente que al terremoto se le conoce coloquialmente como “el del Ángel”. En la caída, la Victoria Alada, como el resto de la ciudad, perdió la cabeza.

Luego luego se llevaron el cuerpo a una bodega del entonces Departamento del Distrito Federal, porque el chilango es muy mañoso y, aunque la escultura completa pesa siete toneladas, seguro algún vivillo hubiera encontrado la forma de llevárselo (y pues la neta, ¿a quién no le gustaría tener un cacho de Ángel de “recuerdito” en la sala de la casa?).

José María Fernández Urbina —también autor de la fuente de los cántaros del Parque México— fue encargado de arreglar la pieza maltrecha, y de plano tuvo que hacer una nueva cabeza, porque la original estaba irreconocible.

La carita desecha y descarapelada (prueba de que no todo lo que brilla es oro) del ícono chilango más conocido estuvo guardada hasta finales de los setenta, cuando decidieron desempolvarla. Como es una pieza protegida no se le pudo hacer ninguna alteración, y qué bueno, porque así tal cual es una especie de ready made apocalíptico. Desde entonces está a la vista del público en la entrada del edificio del Archivo de la Ciudad de México, en República de Chile 8.

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.