La otra fauna urbana

Aunque cada vez vemos menos lagartijas y catarinas por culpa de la devastación ambiental, en la Ciudad de México aún contamos con un bonito zoológico cotidiano: cucarachas del tamaño de un rollo primavera, ratas sin temor a Dios, perros callejeros con enorme talento de supervivencia y cacomixtles heroicos que se niegan a desaparecer de las zonas menos urbanizadas. Y además de los hermosos ajolotes xochimilcas, hay otra especie en peligro de extinción que deberíamos de cuidar más: los animales de concreto.

La fauna inanimada más común se la debemos al escultor Alberto Pérez Soria, que en los años 70 fue comisionado para diseñar una serie de mobiliario urbano para niños. Así nacieron estos animales salvajes, que son chaparritos para evitar accidentes. También están, por ejemplo, los pelícanos y los cocodrilos del parque María Luisa de la colonia Industrial, que son de los años 30. Son hermosos ejemplos de escultura art déco que la chamaquiza monta feliz.

Estas especies son rudas, a prueba de vándalos y escuincles enloquecidos. Sus principales depredadores son las autoridades citadinas que, con nula noción de urbanismo y un trepidante mal gusto, prefieren sustituirlas por espantosas estructuras de plástico. Ellos son quienes han mutilado a los animales o de plano los han arrancado del pavimento para tirarlos a la basura. Paradójicamente, parte del nulo respeto que se les tiene deriva en curiosas mutaciones, como que se pinten de colores locochones. Gracias a esto, se pueden observar elefantes verdes, carneros azules, hipopótamos rosas y jirafas negras (son darks). Imposible saber si fueron decisiones psicodélicas de algún funcionario o si terminaron así porque fue la pintura que sobró de otra obra.

A los niños no les importa el valor artístico y patrimonial de los juegos en los que se encaraman y desde los que crean sus historias fantásticas. Ellos quieren divertirse y ya. Pero qué papel tan chafa van a tener en sus recuerdos esos juegos de plástico genéricos, estandarizados, idénticos a los de cualquier restaurante de cadena. Por eso hay que preservar a estos animales, para que no vivan nada más en la nostalgia de los chilangos mayores de 30 años.

(Fotos: Lulú Urdapilleta) 

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Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.