Leyenda Chilanga: los fantasmas del Palacio de Lecumberri

Se dice que los internos del Penal de lecumberri vivieron el peor de los infiernos y que sus almas aún se encuentran presas en este frío lugar.

Se dice que los internos del Penal de Lecumberri vivieron el peor de los infiernos y que sus almas aún se encuentran presas en este frío lugar. Conoce sus leyendas. 

Con la intención de crear un centro de readaptación social para delincuentes, en septiembre de 1900, el entonces presidente de México Porfirio Díaz abrió las puertas del más moderno penal de Latinoamérica. La obra estuvo en manos del arquitecto Antonio Torres Torija, quien para edificar este majestuoso lugar se basó en cárceles como las de La Santé, en París, y la de Filadelfia.

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Torija construyó 886 celdas, las cuales estaban distribuidas en siete crujías, conectadas a una torre de control de 35 metros de altura, desde donde los presos eran vigilados. A este tipo de construcción también se le llamó panóptico. Uno de las innovaciones del lugar era que los reos de menor peligrosidad podían salir del penal para trabajar en las fábricas cercanas, además de que aprendían los diversos talleres que se impartían.

Leyenda

En un inició esta cárcel se pensó para que fuera habitada por alrededor de 800 reos, pero con el tiempo, y la falta de supervisión, el lugar albergó más de 5 mil procesados, quienes vivieron injusticias y crueles castigos en una de las zonas más temidas del lugar, El Apando. Incluso se comenta que en ese sitio hubo muertos y que sus almas aún vagan por la penitenciaría.

Para el año de 1976 cuando Luis Echeverría estaba en la presidencia, decidió transformar aquel temido sitio en el Archivo Nacional de la Nación, se desmontaron las rejas y algunos muros fueron tirados, para inaugurarlo en el año de 1982. Desde entonces, las puertas de este sombrío lugar se abrieron de par en par para que los mexicanos puedan consultar estos registros.

Aunque son pocos los visitantes, ellos pueden caminar por casi todos los pasillos de esta callada y fría construcción. Muy serios, entran y salen cada vez que quieren, entre pláticas comentan que en el ambiente se percibe mucha nostalgia, miedo y tristeza; tal vez son los fantasmas de aquellos muertos que aún se encuentran presos y rondan el sitio, o al menos eso dicen las leyendas

Estos reos no respetan ni a la autoridad, quienes aseguran sentir aquellas presencias del más allá; una de ellas es la del Charro Negro, cuentan que por varias se hace ver un hombre de elegante vestimenta negra, posteriormente se escuchan aterradores gritos, seguidos de lamentos escalofriantes.

Otro visitante constante es Don Jacinto, un preso de los años 40 que murió en Lecumberri, se cuenta que cuando el lugar estaba recién remodelado, un trabajador vió a un hombre vestido como reo, al acercarse, el supuesto prisionero exclamó: “Otra vez no vino mi Amelia”, y desapareció sin explicación lógica, acto seguido, a este trabajador le cayó el veinte -como se dice coloquialmente-, de que él era el único ahí. Con el tiempo indagó y  descubrió que se trataba de un preso al que su esposa engañó mientras el pagaba su condena.

Uno de los sitios donde se manifiesta el mayor número de presencias sobrenaturales es en el llamado Torreón Sur, este lugar fue destinado para alojar a los presos no rehabilitables. No había que los protegiera del frío o la lluvia, “que triste, pobres hombres”, comenta una policía y concluye diciendo que cuando pasa por las noches se escuchan lamentos de dolor y gritos de desesperación.

También dicen que detrás de la puerta 8 hay algo o alguién, porque no es normal que después de las 20 horas se junten decenas de gatos a maullar durante el resto de la noche. Se comenta que cuando el lugar cambió de penal a lo que hoy conocemos, trajeron a los felinos con el fin de que terminaran con las ratas que dejó tan insalubre lugar.

(Fotos: Dulce Ahumada y Ciudad de México en el Tiempo)

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Periodista en formación, egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo, de la FES Aragón (UNAM). Amante de la buena música, el cine y el café.