Un color ancestral

Rojo mexicano

Rojo mexicano, la nueva exposición del museo del palacio de bellas artes, exhibe obras de Tiziano, Tintoretto, Renoir, Van Gogh y El Greco. Un logro que no todos los museos se pueden dar

Un insecto producido por el nopal, del que los aztecas extraían ácido de un rojo intenso para pintar las plumas de sus penachos, se convertiría en símbolo de poder de reyes y delirio de los artistas en la Europa del siglo XVI. El intenso carmesí de la grana cochinilla era un tono nunca antes visto en el viejo continente, se volvió un color codiciado y el segundo producto, después de la plata, más exportado a ese continente.

Dicen que fue Tintoretto quien usó por primera vez la grana en un cuadro, ese color de sangre que solo lo usaban los tintoreros para teñir las ropas de la nobleza fue llevado por el pintor italiano al arte, matiz que llegaría a los cuadros de Renoir, Matisse y Van Gogh no sin antes pasar por Rubens, Van Dyck o El Greco. Un producto mexicano que, incluso, llegó hasta Asia, y que se puede apreciar en los ukiyo-e (pinturas del mundo flotante) o estampas japonesas.

El Museo del Palacio de Bellas Artes quiere revalorar la tradición prehispánica de la grana cochinilla resaltando el simbolismo pictórico de la también llamada “sangre de nopal” y, para darle su justa importancia, se consiguieron préstamos de museos como El Prado, el Chicago Art Institute, la National Gallery de Londres y del Museo de Orsay, entre otros, por lo que sí, pueden imaginar el calibre de las obras.

Tendremos en la Sala Nacional La deposición de Cristo (1550), de Tintoretto; Martirio di Santa Giustina (1570-1575), de Veronese; Cabeza de Cristo (ca. 1600) de El Greco; Interior de un harem en Oran (ca. 1847), de Delacroix; Retrato de hombre en armadura (ca. 1530) de Tiziano; Isabella Brandt (1599-1641), de Rubens; Retrato del rey Charles Louis, (ca. 1637) de Antoon Van Dyck. Además de las joyas de casa como los Villalpando o los Zubarán, entre alrededor de 100 obras donde las varias tonalidades del rojo mexicano son las protagonistas.

Georges Roque, el curador (especialista en teoría del color), nos contó que esta muestra se lleva cocinando casi tres años, y este fuego lento —como todo manjar— anuncia un gran banquete.

Una ardua labor traer Tizianos, Van Goghs o Turners

Fue en 2014 que se iniciaron las labores para lograr esta exposición, primero se requirió de mucha investigación para llegar a su conceptualización, esta vez no solo a través de la visión del historiador del arte: fueron necesarios análisis científicos para detectar la presencia del pigmento (por parte del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, quienes cuentan con laboratorios de luz o químicos para su análisis), y poderla ubicar en los distintos periodos (en este caso del virreinato al siglo XIX). Se necesitaron también especialistas en teoría del color, para complementar la selección precisa de obras.

Y, después, la parte más complicada, la negociación de préstamo de piezas con otros museos: “Para el préstamo de obras internacionales, se requiere, por regla, la solicitud previa de un año. Es necesario que el museo solicitante reúna las condiciones de exhibición, que pueda cubrir los requerimientos económicos (de traslados, comisarios, fee) a través de suficiencia presupuestal”, nos cuenta Arturo López, subdirector de exhibiciones del Museo del Palacio de Bellas Artes.

La capacidad institucional para acoger obras de autores considerados invaluables requiere que el director del museo, Miguel Fernández Félix, cuente con buena reputación al frente del recinto, y de una ardua labor institucional: “La negociación de director a director es vital, su conocimiento previo en persona facilita el préstamo”, agrega, Arturo López.

Gracias a que el Museo del Palacio de Bellas Artes superó las pruebas (y cumplió al 100 por ciento las cláusulas de los contratos que se emiten para estos casos, que incluye hasta la temperatura de las salas) es que podemos ver La deposición de Cristo (1550), de Tintoretto, la pieza más difícil de negociar de esta muestra, pero una de las más importantes: en su afán por reproducir de la manera más fidedigna el color de la vestimenta de sus retratados, el artista italiano llevó la grana cochinilla al lienzo (pues sabía que con ese tinte se teñía las ropas de la nobleza), descubriendo, así, su potencialidad que abarcó tres centurias, hasta que los colores sintéticos en tubo la desplazaron.

En cifras:

100 obras entre arte nacional e internacional componen la muestra.

3 años lleva gestionándose esta exposición. Tan sólo el préstamo de obra internacional requiere un año.