Futbol a ciegas

Cada semana, el Deportivo Mina de la colonia Guerrero recibe a la única liga de jugadores ciegos y semiciegos de la capital.

ARTE: ALBERTO MONTT

FOTOS: GUILLERMO GELAMAKA

Después de colocarse las espinilleras y ajustarse el short, los hombres brincan a la cancha y empiezan a calentar pateando un balón. Comparten el gusto de millones de mexicanos por el futbol y la costumbre de reunirse periódicamente para jugar, pero algo los diferencia de los demás: son ciegos.

Estos capitalinos de diversas edades pertenecen a la liga Ignacio Trigueros, la única de la Ciudad de México que agrupa a los ciegos y semiciegos aficionados al balompié. Para practicarlo, cada domingo se encuentran en el Deportivo Mina de la colonia Guerrero, en el centro de la capital.

Ahí ocupan la cancha de futbol rápido y su principal guía es un balón especial relleno de balines. Gracias al sonido que produce este esférico —parecido al de un cascabel o una sonaja—, los jugadores identifican dónde está la pelota y los partidos pueden llevarse a cabo.

Durante cada encuentro, hay momentos en los que los hombres se mueven con cautela e incluso usan las manos para ubicar la barda o para protegerse de la llegada de un rival. En cambio, en otros avanzan con velocidad hacia la portería contraria en busca del gol, sin importarles si en el intento abanican o se caen.

“Cuando ya conocemos el lugar es más fácil nuestro desplazamiento. Por ejemplo, yo ya sé qué me voy a encontrar a la izquierda, a la derecha, hacia enfrente. Tenemos un mapa mental de la cancha y de la portería”, dice Guillermo González, un ciego de 43 años, quien desde hace 12 acude a jugar al Deportivo Mina.

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Guillermo, masajista de profesión, pertenece al Cruz Azul. Como los otros equipos de la liga, éste se conforma por seis elementos: cuatro ciegos —entre los que está el portero—; un semiciego, quien puede distinguir colores y formas indefinidas, y una persona normovisual, quien tiene el sentido de la vista completo, se encarga de orientar a sus compañeros y tiene derecho a anotar hasta tres goles por partido.

En cuanto a faltas y saques, el reglamento de la Ignacio Trigueros es similar al de cualquier otra liga, pero en otros temas incluye puntos particulares.

Uno de ellos es que los jugadores están obligados a usar antifaz, una medida que se adoptó hace cinco años con el objetivo de evitar que los ciegos estuvieran en desventaja frente a los semiciegos. Otra norma establece que los porteros deben hablar para guiar o atraer a los oponentes hacia su propio marco. De lo contrario, se castiga a su escuadra con un tiro indirecto.

“El portero es el que le está diciendo al equipo contrario ‘aquí estoy’. O, prácticamente, ‘fusílenme’, ‘rómpanme la cara con la pelota’”, explica Martín Romero, guardameta del Cruz Azul y a quien sus compañeros conocen como el Pitufo.

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“Todo comenzó con un bote”

Como otros jugadores de esta liga, Martín es cantante urbano. Recorre los vagones del Metro capitalino con bocina o para cantar a capela y durante su jornada, dice, fantasea con el domingo y el momento de volver a pisar la cancha.

“A veces imagino que llegamos a la final y, como soy el portero, sueño que puedo atajar las pelotas de aire. Alguna vez, en una final, tuve la fortuna de pararle el balón a alguien que tira muy fuerte”, dice el hombre de 53 años, jugador desde hace 37.

A lo largo de ese lapso, Martín y otros antiguos integrantes han vivido el crecimiento de la Ignacio Trigueros y los cambios que ha tenido.

Según diversos testimonios, la liga empezó a formarse en las décadas de los 50 y 60, cuando un grupo de ciegos con la inquietud de jugar futbol y beisbol comenzó a organizarse.

“Todo comenzó jugando con un bote de Jumex y un palo. El bote lo rellenaban con semillas que parecen nueces. Posteriormente, se dieron cuenta de que también podían jugar futbol, pero los golpes eran muy duros. Después, a alguien más se le ocurrió meterles balines o municiones a las pelotas de plástico, pensando ya sólo en el futbol”, dice Martín, a partir de lo que le han contado aquellos primeros jugadores.

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En 1963 la liga se constituyó en forma con 10 equipos, ocho del Instituto Nacional para la Rehabilitación de Niños Ciegos y Débiles Visuales y dos de la Escuela Nacional para Ciegos de Mixcalco. Entonces, se adoptó el nombre Ignacio Trigueros en honor al exsecretario de Hacienda que fundó esta segunda institución, actualmente ubicada en el Centro Histórico.

Desde esa época hasta mediados de los 80, los jugadores sostenían sus encuentros en el número 121 de la calle Viena, en Coyoacán. Ahí, según Martín y Alfonso Cruz, otro veterano a quien apodan el Caballo, los partidos se disputaban en una cancha de basquetbol, con porterías de madera.

Años más tarde, en 1993, la liga encontró su sede actual en el Deportivo Mina, donde —salvo en las temporadas en las que se han realizado remodelaciones— el balón no ha dejado de rodar cada semana.

“[Jugar] es emocionante porque sé que puedo meter gol, dar pase o sacar la pelota de mi área. También es nerviosismo porque no sé lo que pueda pasar cuando se acercan mis rivales”, cuenta Guillermo, ansioso de regresar a la cancha.

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En cifras

  • 483 mil personas con algún grado de debilidad visual había en la Ciudad de México en 2010.
  • 10 equipos tenía la liga Ignacio Trigueros en 1963, cuando se fundó en la capital.
  • 60 pesos pagan los usuarios del Deportivo Mina, en la Guerrero, por tres horas de juego.
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Inició su carrera periodística hace cinco años en El Universal. Ha colaborado en los suplementos Domingo y Confabulario. Se considera apasionado de la Ciudad de México, de su pasado y de las historias que la habitan, más aún si son mera fantasía.