Actuar y brillar con luz propia

Marimar Vega actuar y encontrar el propio camino

Marimar Vega descubrió su talento como actriz sin dejarse presionar por el peso de su apellido, uno de los más respetados del medio

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

Las características de un auténtico chilango generalmente pasan desapercibidas para otro chilango. Sin embargo, asegura Marimar Vega, son atributos que saltan a la vista para quienes viven en provincia.

“Mi esposo es provinciano y me lo ha dicho varias veces. Aquí andamos de prisa. Las personas no nos conocemos mientras que, en los estados, se saludan por su nombre. Para comer, allá se tardan una hora en servirte y acá ¡imagínate!, la gente no tiene ni una hora pa’ comer”, dice con voz exaltada, digna de quien platica con orgullo sobre su lugar de origen.

Sin embargo, como auténtica chilanga que nació en San Ángel y disfruta pasear por la Condesa, Marimar Vega ama el caos. Para ella, el ritmo de vida acelerado y todas las opciones que tiene la capital le dan un encanto ideal para admirar y crear arte.

La actriz creció en casi todos los teatros de la CDMX simulando ser parte de las obras que su padre, el actor Gonzalo Vega, presentaba los fines de semana. A pesar de eso, de niña nunca pensó seguir el camino, pues en su casa había una regla muy estricta para ella y sus hermanos: no podían actuar hasta que terminaran la preparatoria.

“De adolescente, obviamente, sentí la inquietud de actuar. Mis amigas salían a fiestas y yo solo pensaba en estar sobre el escenario. Entonces me di cuenta de qué era lo que quería para mi vida”.

Cuenta que un día su papá —que interpretaba a Don Juan Tenorio— se le acercó con una propuesta: “Quiero que hagas el papel de Doña Inés”. Pero, en lugar de emocionarse como se esperaría de cualquier aspirante de la actuación, lo primero que pensó fue que con eso rompería la regla familiar, pues le faltaba un año de prepa.

 “Me le quedé viendo y él insistió: ‘Es el momento perfecto para saber si eres buena y si no, pues te metes a estudiar otra carrera’. Ese fue mi empujón. Mi primer papel fue en el teatro clásico con Doña Inés”, dice.

EGO DE ACTORES

Llevar el apellido Vega conflictuó a Marimar mientras buscaba hacerse de su nombre, pero con los años dejó de luchar.

“Hubo un momento en el que el apellido fue un súper plus. De entrada porque entendí que la mejor lección la podía tener en casa y, aunque los actores somos muy raros, tenemos mucho ego y no nos gusta que nos critiquen, sabía que para cualquier consejo, antes de tomar una decisión, podía recurrir a mi papá y siempre iba a estar ahí para apoyarme”, cuenta. Y no pasó mucho tiempo para aprender la primera lección del señor Gonzalo Vega. “Él siempre me transmitió un profundo respeto por la profesión. Darle valor a la tele, al teatro, al cine, a la gente y a la puntualidad. Comprendí que en este medio no estás sola, hay muchas personas detrás que están trabajando seis horas antes que tú y continúan cuando te vas. Eso fue algo que mi papá me inculcó”.

Decir “no” fue la segunda lección. Para Marimar, tener la posibilidad de elegir o rechazar algunos proyectos ha sido una manera de crecer. “Siempre hay un momento en el que te pueden ofrecer lo mejor, pero decidir qué hacer y qué no es esencial para formar una carrera que tenga una trascendencia y no se quede en un éxito efímero”.

Encontrar la voz propia

Cine, televisión y teatro son escenarios bien conocidos por Marimar Vega, pero no tiene un favorito. “Son muy distintos. En la tele todo es de memoria. Haces 30 escenas al día, de la cuales, en 20 tienes que llorar. Te da un oficio enorme para entrar en situación en dos minutos”, cuenta.

A diferencia de la televisión, el teatro le ha aportado las “tablas” necesarias para resolver imprevistos y evitar el pánico escénico. Pero el que considera el oficio de mayor responsabilidad es el cine, por la trascendencia que tienen los filmes.

Forjarse su propio camino también le ha llevado a enfrentarse a nuevos retos para probarse a sí misma. El más reciente es en el teatro musical con la puesta Al otro lado de la cama, donde interpreta a Sonia, una mujer que disfruta la libertad sexual.

Aceptar un papel para cantar en el escenario se convirtió en un desafío que le devolvió el hormigueo en el estómago por hacer algo diferente a lo que ha interpretado en 16 años de carrera.

¿Cómo enfrentaste la primera vez que cantaste? “¡Ay, con huevos! Me daba mucho nervio. Tengo mi coach y cada vez que salgo a escena todavía no sé cómo le hago. Confío en que me dicen que lo estoy haciendo bien, pero yo todavía no lo sé. Lo único es que lo estoy disfrutando”. Una sensación en consonancia con el proceso de descubrir el “traje que más le queda”. El proyecto que le viene bien. La certeza de saber que no todo está escrito a sus 33 años y que todavía tiene muchos caminos y foros por explorar para autodefinirse.

La actriz, que en su adolescencia sintió el peso de la fama de su papá en aquella lejana aparición de Doña Inés, hoy tiene una carrera sólida con la que honra el apellido Vega.  “De mi papá también aprendí que si sumas el talento, la suerte, la pasión y el respeto por lo que haces, deviene la felicidad”, dice. Un síntoma inconfundible de alguien que se encuentra a sí mismo y de actuar en consecuencia sin temor a equivocarse.

En cifras: 

  • 2003 fue el año en el que debutó en televisión. Su participación en este medio suma  10 telenovelas.
  • 17 años tenía cuando actuó en la obra Don Juan Tenorio junto a su papá, el actor Gonzalo Vega.
  • 3 hermanos tiene Marimar: Gabriela, Zuria y Gonzalo, los dos últimos también son actores.
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Reportera que camina la CDMX. Ideática y platicadora en sus ratos libres. Escribe de madrugada y duerme en el autobús. Convencida que las personas están hechas de historias y no sólo de tripas y huesos. De la vida aprendió a no tener sentimiento de escasez.