Tláloc no tiene la culpa

Tanto las viviendas como el asfalto de la CDMX se han visto afectados por los fuertes aguaceros. los expertos dicen que la culpa no es solo del agua, sino también de ciertas políticas públicas

Tanto las viviendas como el asfalto de la CDMX se han visto afectados por los fuertes aguaceros. los expertos dicen que la culpa no es solo del agua, sino también de ciertas políticas públicas

ILUSTRACIÓN: NURI R. MELGAREJO

Ya no sabemos a quién culpar. Si a los dioses antiguos que nos envían diluvios que desbordan los ríos o a las autoridades que no han sabido solucionar el problema. Apenas el miércoles pasado, la ciudad tuvo que soportar los 11 mil millones de litros que cayeron del cielo. En Iztapalapa, esa cantidad hubiera sido suficiente para cubrir el consumo total de agua de sus habitantes, durante casi dos semanas. En cambio, la ciudad se desquició.

Apenas amanecía el 31 de agosto pasado, cuando un estruendo sorprendió a los peatones de la calle Humbolt, en el Centro Histórico, a unos pasos de Reforma. La tierra se abrió y un agujero de 10 metros de diámetro y ocho de profundidad partió la calle. En la misma semana, otros dos socavones aparecieron en Iztapalapa y Cuajimalpa. Un día antes, el aeropuerto tuvo que suspender operaciones debido a las inundaciones, el drenaje colapsó pese a trabajar a toda su capacidad y los principales ríos en las delegaciones de Xochimilco, Gustavo A. Madero y Magdalena Contreras comenzaron a desbordarse.

Las autoridades culpan a la temporada de huracanes. Y quizás tengan algo de razón: pocas veces la ciudad ha tenido que contener tal cantidad de lluvia. El cambio climático ha hecho que las lluvias alcancen, según el Servicio Meteorológico Nacional, una intensidad de 74 mm (litros por metro cuadrado). El 29 de junio pasado, las lluvias alcanzaron un nivel de casi 100 litros por metro cuadrado, una de las más intensas en las últimas décadas.

Pero no todo es culpa de Tláloc. Para los especialistas, las inundaciones y los grandes agujeros en el asfalto tienen otras causas: la infraestructura de la ciudad, su diseño y las políticas públicas que parecen olvidar que esta ciudad fue construida sobre un enorme lago que siempre intentará volver.

AGUAS CON EL SOCAVÓN

90 socavones. El Sistema de Aguas de la Ciudad de México informa que esa es la cantidad de agujeros en el asfalto provocados por fallas en el drenaje. El pavimento, sin embargo, puede abrirse por otras razones. En total, se cuentan 108 socavones en los primeros nueve meses de este año.

“Un socavón es una cavidad que se genera en el suelo debido a la humedad”, explica Carlos Villar Pérez, geógrafo de la UNAM, especialista en riesgos, desastres y ordenamiento territorial. “El peso que hay en la superficie puede generar rupturas. Además, en la ciudad, la extracción de agua de los acuíferos deja huecos en el subsuelo que se abren con la presión de los edificios”, agrega el experto.

Existen también socavones de origen rocoso. El sur de la ciudad presenta un subsuelo surcado por túneles de lava, donde el agua se filtra con facilidad. Lo mismo ocurre en zonas mineras como Milpa Alta o Álvaro Obregón. En cambio, Iztacalco, Benito Juárez y Cuauhtémoc se consideran una zona lacustre: donde antes había un lago, hoy hay grandes edificios que empujan la tierra con todo su peso, hasta abrirla.

Villar Pérez es claro: un socavón difícilmente ocurrirá dentro de una construcción debido a que existe una base de ingeniería, una planeación, un cimiento. “Sin embargo —advierte—, puede suceder”.

INUNDACIONES ATÍPICAS

Estas no son las primeras ni las últimas inundaciones que sufriremos. Tampoco las más severas. “A principios de 1950 —explica Rafael Carmona Paredes, investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM—, se presentaron lluvias que mantuvieron la urbe bajo el agua durante semanas. En la época de la colonia, en 1620, se reportó lo que podría ser la más grave inundación, que duró varios años”.

Desde entonces, los capitalinos luchamos, cada año, contra el mismo problema. Carmona lo explica así: “La urbanización de las zonas por donde pasaban los ríos ha sido vertiginosa, mientras que las obras de drenaje y del agua potable no han sido planeados ni resueltos a la misma velocidad”.

El asfalto y el diseño urbano impide que el agua se desahogue hacia las zonas más bajas, lo cual colapsa nuestro drenaje. A ello hay que sumarle las hojas, las ramas y la basura que generan tapones en las alcantarillas, bombas y tubos, lo cual lleva el agua de regreso a la superficie.

“El problema es grave y las posibles soluciones son lentas. Las afectaciones ya son cuantiosas y crecerán”, advierte Carmona.

Prevenir un mayor desastre requiere, según los especialistas, reducir las construcciones de gran magnitud y planificar mejor nuestra ciudad. Una política más restrictiva para las empresas inmobiliarias ayudaría, así como dedicar un mayor presupuesto a los sistemas que abastecen y regulan el agua en la ciudad.

Al cierre de esta edición, un nuevo socavón de 1.5 m de diámetro se abrió en la calle de Tennyson, en Polanco. Especialistas de la UNAM y otras instituciones aseguran que no hay manera de predecir dónde aparecerá otro agujero, el Instituto Politécnico Nacional (IPN) colabora ya con el gobierno de la CDMX a través de un programa que intentará medir la estabilidad del subsuelo y las fallas estructurales para, así, lograr minimizar los riesgos.

En cifras: 

  • 60 años han pasado desde la última vez que se le dio mantenimiento al drenaje de la CDMX.
  • 133 socavones se registraron en 2016; 115 fueron provocados por fallas en el desagüe.
  • 2,214 viviendas de la ciudad han sido afectadas, además del transporte público.